En el Atlántico suroccidental hay noches que ya no parecen marítimas sino urbanas, un rosario de destellos fríos, blancos verdosos, alineados como un litoral artificial, se enciende justo donde termina la jurisdicción argentina. No son ciudades. Es una flota. Un dispositivo industrial de captura que vuelve con puntualidad estacional a la frontera de las 200 millas —la célebre “Milla 201”— para interceptar al calamar cuando abandona la Zona Económica Exclusiva (ZEE) y se proyecta hacia el talud y las aguas internacionales.

Lo que desde tierra se percibe como “invasión” es, en rigor, un rito

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