Fonseca un obispo perverso, y con grandes poderes marítimos.
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- Published on Thursday, 22 April 2021 21:10
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Castillo de los Fonseca en Coca (Palencia)
Protegido por los Reyes católicos, utilizó su poder para intervenir de forma polémica y malévola en la organización y desarrollo de los viajes con el Nuevo Mundo. Se enfrentó a Colón, envenenó el viaje de Magallanes y Faleiro, y llegó a extremos graves en su relación con Hernán Cortés.. Actuó como naviero y como agente de fletamentos, como encomendero y negrero... Se enriqueció de forma escandalosa y fue un hombre mundano. El Cardenal Cisneros le relegó por no estar de acuerdo con su conducta.
Su historia aún tendrá mucho recorrido, y es de suponer que aflorarán muchas de las actuaciones de este singular personaje, a caballo entre la Iglesia inquisidora y el ejercicio perverso del poder. Realizo grandes obras artísticas y contrato los servicios de grandes artistas flamencos. –era hombre de gusto refinado y selecto.
Aunque que su imagen ha permanecido oculta durante décadas, es un personaje clave para la Historia de la Marina Civil.
Autores como Herrera, Bartolomé de Las Casas, Hugh Thomas, y otros más no han dudado en denunciar la deplorable conducta del obispo Fonseca.
Muy significativos son asimismo los comentarios que le dedica el historiador norteamericano Washington Irving, en su obra “Vida y Viajes de Cristóbal Colón” (1828).
Reproducción de los comentarios de Washington Irving:
“La singular malevolencia manifestada por el obispo Juan Rodríguez Fonseca hacia Colón y su familia, causa principal aunque secreta de su conducta, y mandándole mostrar todas fortunios, se ha citado frecuentemente en el discurso de esta obra. Originó, como se ha dicho, en alguna disputa entre el Almirante y Fonseca en Sevilla, en 1493, respeto en la dilación en armar la flota para el segundo viaje, y al número de criados que debía llevar el Almirante. Fonseca recibió una carta de los soberanos reprobando tácitamente su conducta, y mandándole mostrar todas las atenciones posibles a los deseos de Colón, y hacer que se le tratase con honor y deferencia. Fonseca no olvidó jamás esta afrenta, y lo que para él era lo mismo, no la perdonó jamás. Su ánimo parece haber sido de aquella desgraciada especie que no se mantiene para siempre abierta. La hostilidad así producida continuó con ascendente virulencia durante la vida toda de Colón, y a su muerte se trasmitió a sus hijos y sucesores. Esta animosidad infatigable se ha ilustrado en el discurso de la presente obra con hechos y observaciones tomadas de autores, algunos de ellos contemporáneos de Fonseca, pero a quienes refrenaban aparentemente motivos de prudencia, para dar salida a la indignación que evidentemente sentían. Hoy mismo se abstendría un historiador español de expresar libremente su sentir en este asunto, para que no le detuviesen su obra los censores eclesiásticos de la imprenta. Así el obispo Fonseca se ha librado de mucha parte del odio general que su conducta merece.
Este prelado tuvo la superintendencia en jefe de los negocios coloniales de España bajo Fernando e Isabel, y también bajo el emperador Carlos V. Era hombre activo e intrépido, pero soberbio, pérfido y egoísta. Su administración no tiene huellas de una política liberal y comprensiva, pero está llena de rasgos de bajeza y arrogancia. Se opuso a las benévolas intenciones de Las Casas para mejorar la condición de los indios y obtener la abolición de los repartimientos, tratándole con personal altivez y aspereza (Herrera, d.2,I, II. c.3)Se por razón que Fonseca se estaba enriqueciendo con aquellos mismos abusos, y que tenían numerosos míseros indios en esclavitud para beneficiar sus pensiones coloniales.
Para hacer ver que no se ha juzgado su carácter con indebida severidad, es justo señalar su perseguidora y envidiosa conducta hacia Hernán Cortés. Mientras se hallaba pronto el obispo a proteger vagos aventureros. Que a su favor salían, jamás tuvo virtud ni entendimiento para apreciar los caudillos ilustres como Colón o Cortés.
Cuando se movieron disputas entre Cortés y Diego Velázquez, gobernador de Cuba, y quiso éste detener al conquistador de Méjico en medio de su brillante carrera, Fonseca, desentendiéndose absolutamente de los méritos del caso, tomó decididamente en favor de Velázquez. El interés personal le guió en este favor, pues se estaba negociando un casamiento entre Velázquez y una hermana del obispo (Herrera, d 3, I, 4, c, 9). Había enviado a España Velázquez quejas y hechos desfigurados respecto a la conducta de Cortés, a quien representaba como un aventurero sin honor ni principios, que intentaban usurpar la autoridad absoluta en Nueva España. Los verdaderos y grandes servicios de Cortés habían excitado ya la admiración de la Corte; pero tal era la influencia de Fonseca, que, como en el caso de Colón, logró preocupar el ánimo del soberano contra uno de sus más dignos súbditos. Un tal Cristóbal de Tapia, hombre destituido de talentos y carácter, pero cuya gran recomendación era haber estado empleado por el obispo (Herrera, d, III,I, I, c. 15), recibió la investidura de poderes semejantes a lo que se dieron a Bobadilla, en perjuicio de Colón. Debía examinar la conducta de Cortés; y en caso de que lo creyese propio, arrestarlo, sus bienes y tomas su mando. No contento con haber dado a Tapia los despachos oficiales necesarios, envió el obispo, poco después de su partida, a Juan Bono de Quejo, con cartas blancas, firmadas de su propia mano, y con otras dirigidas a varias personas, encargándoles que admitiesen a Tapia por gobernador, y asegurándoles que el rey consideraba como desleal la conducta de Cortés (Herrera, d, 3, I. III, c. 16). Solo la sagacidad y firmeza de Cortés pudo impedir que esta medida interrumpiese del todo, o tal vez destruyese sus empresas.
Cuando llegaron a examinarse y decidirse en España las disputas entre Cortés y Velázquez, Martín Cortés, el padre del conquistador, y sus abogados, se opusieron a que fuese Fonseca unos de los árbitros, alegando su enemistad hacia Cortés, su patrocinio de Velázquez, y estar en vísperas de dar el último su hermana. El cardenal Adriano examinó maduradamente el asunto, y la posición fue concedida. Se mandó a Fonseca por lo tanto, que no presidiese en aquellos negocios; alegándose también, dice Herrera (Herrera, d, 3 ,I. IV, c. 13) que había llamado a Cortés públicamente traidor; que había impedido a sus representaciones en el Consejo de las Indias, declarando que nunca se verían en él mientras él viviese; que no había dado al rey completo el informe en materias relativa a aquellos puntos de servicio; y que había mandado en la Casa de Indias de Sevilla no se permitiesen ir a Nueva España armas, gentes ni mercancías. Cortés mismo subsiguientemente declara que había experimentado más vejaciones y dificultades de las amenazas y afrentas de los ministros del rey, que trabajo le había costado ganar sus victorias. (Herrera, d, 3, I. I, c. 1)
Un cargo de naturaleza más negra todavía se ve encubierto en las páginas de Herrera, aunque tan escurecido que ha escapado la noticia de los historiadores posteriores. Señala al obispo como instigador de un hombre pérfido y desesperado, que conspiró contra la vida de Hernán Cortés. Se llamaba Antonio Villafaña, y fomentó una trama para asesinar a Hernán Cortés, y elegir en su lugar a Francisco Verdugo hermano de Velázquez. Mientras esperaban los conspiradores la ocasión de dar de puñaladas a su capitán, se arrepintió uno de ellos, y le significó el peligro en que se hallaba. Fue Villafaña arrestado. Quiso tragarse un papel que contenía la lista de los conspiradores, pero habiéndolo cogido un soldado por la garganta, se le sacó de la boca una lista de catorce personas de importancia. Villafaña confesó su delito, pero sin inculpar a las personas cuyos nombres estaban en la lista, y las cuales, declaró él, ignoraban la conspiración. Se le ahorcó por orden de Cortés, formándole la debida causa (Herrera, d, 3, I. I, c. 1) En la investigación de las disputas entre Cortés y Velázquez, verificada ante un tribunal especial en 1522, y en la que se hallaron el Gran Canciller y otras personas de nota, se habló de la ejecución de Villafaña como un acto cruel y gratuito de poder; y en su vehemente deseo de acriminar al caudillo, los testigos de la parte contraria declararon que Villafaña se movió a lo que hizo con cartas del obispo Fonseca, (Herrera, d, III, I. IV, c. 3). No es probable que Fonseca recomendase el asesinato; pero se manifiesta el carácter de su agente; y cuán maligna sería la naturaleza de sus instrucciones, cundo aquellos hombres pensaron que un acto semejante llenarían sus deseos. Fonseca murió en Burgos el 4 de noviembre de 1524, y se enterró en Coca”.
Esta asociación insiste, desde hace años en la necesidad de investigar a fondo la vida y actuaciones de este personaje clave para conocer e interpretar muchas de las claves de la confusión, dudas y manipulaciones que rodean la historia de la Marina Civil en los siglos de los descubrimientos.

