Asturias y el futuro de los puertos de Avilés y Gijón

Manuel Rubio Casal

 

                       Puerto de Avilés, visto desde el Museo Niemeyer 

 

Desde hace aproximadamente medio siglo, los puertos de Avilés y Gijón (El Musel) estuvieron concebidos para satisfacer las necesidades de las grandes empresas arraigadas en la región. Ambas infraestructuras resultaron clave tanto para el desarrollo industrial como para la creación de empleo en Asturias. Por aquel entonces, eran puertos que dependían de unas pocas grandes compañías, en su mayoría públicas: Ensidesa (actual Arcelor), Asturiana de Zinc, Endasa, Cementos Tudela Veguín o las centrales térmicas. Fue un modelo satisfactorio durante décadas para las empresas, para las antiguas Juntas de Obras del Puerto y para los propios trabajadores (prácticos, remolcadores, personal en plantilla y estibadores integrados en la OTP, la Organización de Trabajos Portuarios, activa hasta 1986).

Con el fin de esa etapa, comenzó un nuevo ciclo en el sistema portuario español. La llegada de buques de mayor tonelaje exigió reformas importantes. En Avilés se aumentó el calado de la barra de entrada a los 12 metros y se adaptaron los muelles para recibir barcos de hasta 70 000 toneladas, quedando pendiente la obra en la margen derecha de la ría.

En Gijón, al ser un puerto natural, no hizo falta aumentar el calado, pero sí acometer una profunda remodelación de sus instalaciones, destacando la creación de la EBHI, la primera terminal de graneles sólidos de España, capacitada para buques de más de 200 000 toneladas. Hasta ese momento, las inversiones en ambos puertos respondían a una estrategia lógica orientada al tráfico de graneles.

El punto de inflexión llegó en 2011 con la ampliación de El Musel: una obra faraónica que cosechó numerosas críticas por su elevado coste y su impacto medioambiental. El tiempo ha acabado dando la razón a los detractores, ya que la infraestructura no ha resuelto los problemas para los que fue diseñada. El récord histórico de tráfico en El Musel se alcanzó en 2017 con 21,7 millones de toneladas, una cifra muy cercana a los 20 millones que ya movía en 1990. En definitiva, seis años de obras y casi 500 o más millones de euros de inversión sirvieron para ganar apenas un millón de toneladas en 15 años. El problema medioambiental persiste y el único logro real ha sido ganar un enorme espacio que hoy permanece vacío.

Actualmente, la situación es crítica. En el primer semestre del año, el tráfico en El Musel ha caído un 27,6 % y en Avilés un 7,3 %, en contraste con la media del sistema portuario español, que crece un 0,8 %. Resulta llamativo que, 30 años después, sigamos dependientes de los mismos actores (Arcelor, Asturiana de Zinc o las térmicas), pero moviendo exactamente la mitad de volumen.

Seguimos concentrando el riesgo en los mismos sectores: El Musel centrado en graneles y siderúrgico (con el fiasco de la regasificadora de fondo) y Avilés enfocado en graneles, con un tráfico siderúrgico en declive y una apuesta incipiente por la eólica marina. Era evidente que el proceso de descarbonización reduciría el uso del carbón, mientras que los compromisos de Arcelor se han convertido en la historia de nunca acabar. La gestión portuaria se ha hecho tarde y mal, y los datos actuales son indefendibles.

Ha llegado el momento de actuar con cabeza fría y tomar decisiones de calado. Asturias no puede continuar aislada por peajes como el del Huerna ni figurar a la cola de la inversión ferroviaria estatal, recibiendo menos recursos por habitante que comunidades vecinas y competidoras directas como Galicia, Cantabria o el País Vasco, integradas en el Corredor Atlántico.

A nivel local, el puerto de Avilés no puede mantener la salida del tráfico pesado por carretera atravesando un polígono industrial y colapsando a diario la avenida Conde de Guadalhorce.

¿Dónde ha quedado la prometida Ronda Norte tras dos décadas de espera? ¿Por qué sigue paralizada la conexión de la ZALIA con la red ferroviaria?

Por último, la decisión de destinar 50 millones de euros a los terrenos de Baterías en Avilés, sin un proyecto definido a corto plazo, genera serias dudas. Es imprescindible evitar que se repita el fracaso de El Musel. Si no se toman las decisiones correctas a tiempo, la sociedad asturiana volverá a pagar las consecuencias de una mala planificación.