Sobre el rigor de la ley
- Details
- Category: General
- Published on Thursday, 05 December 2013 06:05
- Hits: 1404
TIRE usted una colilla por la ventanilla del coche o, quien dice una colilla, una monda de plátano, una lata de refresco vacía, cualquier cosa, y verá la que le cae, además de ver disminuido en cuatro los puntos de su carnet de conducir. Cisque usted el petróleo de un petrolero de miles y miles y miles de toneladas de desplazamiento y comprobará como no le pasa nada. Ahora, eso sí, asegúrese de que lo hace en las costas españolas porque en otro país no le arrendarían a usted las ganancias.
Hágalo, pero antes tome ciertas medidas. Si por ejemplo, a usted le avisan de que es mejor meter el petrolero en aguas mansas, rodearlo con tres barreras de boyas flotantes y situar a un segundo petrolero al borde de la más grande de las tres para que vaya succionando el petróleo vertido, no haga caso. Usted aléjelo.
Si al saber su decisión le advierten que los temporales se pasan poniendo el buque a la capa, es decir dando la popa a la mar y reduciendo revoluciones en la máquina, hasta que pase la borrasca, usted no se preocupe y ponga proa a la mar, mejor ofreciendo el costado dañado con una vía de agua de treinta y cinco metros de longitud a los embates de las olas. Si no rompe el barco al primer día tampoco se preocupe. Mantenga el rumbo seis o siete días más hasta que rompa. Y si alguien le advirtió de que con esa decisión lo único que se puede hacer es rezar a ver si así se evita una catástrofe usted siéntase orgulloso de haberla tomado.
A partir de la fallida negativa del capitán del Prestige a ceder el mando del buque y de su expresado y frustrado deseo de llevar el barco a un lugar tranquilo en el que poder trasvasar el crudo, todo fue un disparate, un conjunto de impericias y negligencias cometidas pese al consejo de los técnicos que todos pudimos escuchar reproducidas a través de la radio y la televisión. De todo ello nadie es responsable, en opinión de quienes lo han tenido que juzgar.
La pregunta es qué hubiese pasado si el tribunal estuviese formado, todo él, por hombres de la mar, como cuando, la diferencia entre un capitán de barco y Dios, era que a Este no se le veía. No creo que condenasen al capitán por intentar la vía correcta, pero sí a quienes dispusieron del barco, trazaron rumbos, lo enfrentaron a la mar y los expusieron al embate de las olas durante seis días agónicos.
El resto es de temer que ya sólo sea jurisprudencia. Curiosa, sí, al entender de la mayoría de la gente, acostumbrada a padecer el rigor de la ley aplicado a las pequeñas faltas castigadas con importantes sumas de dinero o con privaciones de libertad, que piensa que si la ley consiente o induce sentencias como la del Prestige es evidente que hay que revisar las del Urquiola, el Aegean Sea, el Casón, el Polycomander ... y otras.
ALFREDO CONDE
Capitan de la Marina Mercante, Escritor, Premio Nadal y Nacional de Literatura
EL CORREO GALLEGO 5 DE DICIEMBRE DE 2013

