La Demoflacia y el PEPOE
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- Published on Thursday, 26 September 2013 16:34
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La demoflacia y el PEPOE
José Antonio Madiedo Acosta
Asturbulla, 10-09-2013
El modelo político nacido de la transición española hace tiempo que ha caducado. Los políticos remanentes de aquel periplo, los mismos que nos han llevado por acción o por omisión a la crisis que padecemos, siguen utilizando las mismas herramientas dialécticas y las mismas truculencias informativas que han caracterizado el tránsito de la dictadura a la actual “demoflacia”. La prevaricación, que unas veces se camufla como error y otras como mal necesario sin alternativa posible, allana el camino de la corrupción latente en el sistema. Un simple vistazo a los registros mediáticos de los últimos 30 años es suficiente para comprobar cómo el factor común de los distintos gobiernos del PEPOE han sido los escándalos, escándalos protagonizados por la simbiosis político empresarial y sus satélites. Ejército e Iglesia, tradicionales pilares del subconsciente nacional, siguen recreándose en desfiles y procesiones místico folclóricos y marcando el paso de muchos civiles.
Las arcas del Estado, que se nutren básicamente del esfuerzo del contribuyente, parece ser que tienen más agujeros que un queso gruyere. La trazabilidad fiscal del contribuyente está garantizada por el NIF asignado desde el día de su nacimiento. Otros grupos sociales, nacionales o extranjeros, gozan por el contrario de los privilegios del sistema, disponiendo de sumidero fiscal o de refugio exento de obligaciones contributivas solidarias. Viven y operan en la trastienda nacional de nuestro patriótico paraíso fiscal. La moral social de esta tropa se ha forjado en los sublimes principios que les han permitido construir, por encima de máscaras ideológicas y declaraciones mediáticas, su gran obra, la obra por antonomasia, la Obra. Pero, quizás, lo más grande del modelo hispánico ha sido la preservación del sistema bancario-financiero, cuyos beneficios pertenecen en exclusiva a sus accionistas, pero sus escandalosas pérdidas, fugas y desvaríos, cuando alcanzan grandes volúmenes, han de ser subsidiaria y solidariamente soportados por los menos privilegiados, por los del crotal fiscal.
Este es un país en el que en teoría (irónicamente) no existe el fraude fiscal, por mucho que algunos se empeñen en denunciar fortunas ilegalmente radicadas en Suiza o en paraísos fiscales. Este es un país en el que nos meten goles de varios millones de euros y pagamos muchos más porque nos los metan. Cuando nos dicen que España va bien, que la banca va muy bien, que la Seguridad Social tiene un superávit extraordinario, pónganse a temblar. La falta de transparencia es total y el cinismo y la manipulación informativa no conoce límites. No hay sector que esté libre de un gran agujero por sorpresa. Los mecanismos previsores, o no existen o no funcionan, o se agarrotan fácilmente. Y los justicieros por oposición en más de una ocasión derivan en pecadores por vocación, algunos devienen en definitiva en prevaricadores por cuenta ajena. No parece que haya posibilidad de que el Estado como garante de los derechos de los ciudadanos, de todos los ciudadanos, cuente con mecanismos de detección inmediata ante determinados delitos económicos, que son perpetrados con el necesario conocimiento y complicidad de determinadas instituciones públicas. El “chorizo” se ha popularizado, está en el ministerio, en el gobierno regional, en el ayuntamiento, en el gran club, en la calle, en la tienda, en el supermercado, en la compañía de teléfonos, en las eléctricas, entre los ladrilleros, en la granja o en el banco de la esquina. Nuestra metástasis charcutera es total. Nuestros políticos lo niegan con rotundidad, con la misma quizás que se nos califica como tales fuera de nuestras fronteras.
La honradez es un valor socialmente desechable, una doctrina de estúpidos condenados a la marginación social. El chorizo, si tiene clase, si tiene buenos amigos dentro de las elites charcuteras, tiene muchas más posibilidades de triunfar en el gran concurso de la vida. ¡Hijo mío, nunca te pongas rojo por ejercer tus habilidades como chorizo¡. Puedes ser rojo, pero tu rojo te será más útil si formas grupo y estás unido a tus correlativos por un buen cordelito. Si corrompes al político, serás tan chorizo o más que él, pero solo él figurará como chorizo. El digno caballero corruptor goza de prestigio. Un tío en calzoncillos cuesta 100.000.000 €. Uno en bata blanca, no deja de ser una carga para el sistema. ¡Hala Madrid¡
Hay delitos que sería injusto catalogarlos como errores, pero a la hora de la verdad la Justicia parece no tenerlo muy en cuenta, porque la tradición también tiene su peso.
La Constitución parece haberse hecho vieja y como tal tiene los grandes olvidos y lagunas de lo que queda viejo. Da la sensación que se ha humedecido en exceso, hasta convertirse en una especie de papel mojado.
Hay quienes piensan que lo público no tiene dueño, por eso no debe venderse a su justo precio, - en realidad, debería estar prohibido venderlo- según algunos, lo procedente es regarlo, y a ser posible a gente de confianza, de su confianza. Los sectores cuya actividad cubren necesidades de primer orden para el conjunto de los ciudadanos, aquellos que generan una demanda masiva y garantizada: sanidad, educación, transporte público, aparcamientos en las grandes urbes, energía, agua, son los más apetecibles. El cliente está asegurado y las tarifas se implantan o se autorizan por la vía de siempre.
Hágase un exhaustivo control de las visitas a cada uno de los ministerios, consejerías, concejalías y sindicaterías, etc. Hágase lo mismo con los comensales habituales de los restaurantes más lujosos de Madrid y de otras capitales y ciudades en las que radican los centros neurálgicos de las Administraciones públicas, y se verá cómo en un alto porcentaje son los mismos. Son personajes invisibles, pero el BOE y los demás los tienen siempre presentes. Construir una sociedad más libre y más justa con este modelo, no solamente es inviable sino profundamente cínico. El PEPOE tiene su ideario político, aunque su objetivo real no es coincidente, pues es el de un gran negocio, el de un proyecto que tiene como finalidad disponer del patrimonio público con sus peculiares criterios.
Y sobre ese patético escenario de la devaluación democrática también tiene representación propia el sindicalismo, que pasó de ser correa de trasmisión a complicidad indecente de quienes han olvidado cual es su verdadera misión en la sociedad de nuestro tiempo.
La Monarquía, el sistema electoral, el concordato, los derroches presupuestarios, la Justicia cara y lenta, la Sanidad pública parasitada por la proyección privada, la educación sesgada y dosificada, el cinismo mediático al servicio de los poderes fácticos, los privilegios y abusos de la banca privada, la prevaricación y la corrupción pública, y un largo etc. forman parte de la sintomatología que acredita la caducidad del actual sistema político nacido de la degenerada transición española.
Todo sistema caduco requiere, por el bien de los ciudadanos y del propio país, una regeneración profunda, y esa ha de realizarse con la firmeza y la prudencia necesarias. No se trata de apresurarse, sino de alcanzar un claro objetivo: evitar que España vuelva a ser un paraíso del parásito con vocación patriótica.
No deja de ser muy elocuente que siendo España un país que destaca en el deporte internacional, Madrid, ombligo espiritual del cotarro nacional, haya sufrido una humillante derrota internacional, un significativo rechazo olímpico, que según una importante corriente de opinión se achaca a la corrupción.
¡Ciudadanos¡, el chorizo engorda, pero pringa.
José Antonio Madiedo Acosta, Capitán de la Marina Mercante.

