Gijón y la lucha por la supervivencia de sus astilleros séctor naval

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Aquellos convulsos años Guillermina F. Caso Jefa de Informativos SER Gijón

El humo de la barricada distorsiona la imagen de esos hombres con mascarillas de mantel de picnic proletario, los que se tragan de todas formas el hollín y el tufo apestoso a neumático chamuscado. Vuelven a sonar las sirenas y llega el rumor de que casi en Marqués de San Esteban acecha un número indeterminado de furgones de la veintiuno. Los músculos se crispan bajo el mono y la tosca protección de cuadros, se corre la voz entre el grupo de pirómanos de la reconversión; el frente de Mariano Pola se altera ante chivatazos inquietantes, pero excitantes. Que nadie indague solo para encontrar registros heroicos; también se huele el miedo, a menudo solapado por el instinto de supervivencia. Es la tensión previa a cada movilización. Luego resulta que igual no pasa nada, o que pasa de todo, que hay heridos, o detenidos que acaban en la cárcel, o algo peor, irreparable. Nunca se sabe lo que deparará cada aventura casi diaria del sector maldito. Estamos en la era preverdugo, ese clásico que luego se impondría en el fondo de armario de otras reconversiones, que tantas fueron. A veces las trincheras se mudaban del callejón al centro de la ciudad, al chalé de un directivo, a los despachos donde se regateaban excedentes. La Resistencia, la guerrilla contra el despido, también podía aglutinarse alrededor de un transistor, como aquella noche a mediados de la década de los ochenta cuando supieron que en la radio un locutor leería con voz aséptica los 1.117 nombres de la primera plantilla de Naval Gijón. Los escucharon como si fuera la lista de supervivientes de una catástrofe; era lo que quedaba de Astilleros del Cantábrico y Riera, Marítima del Musel y el Dique de Duro Felguera, los restos del naufragio en ciernes de la construcción de grandes barcos en la bahía con capital privado. No solo hubo disturbios: de aquellos tiempos queda alguna foto para la historia, como la que inmortalizó el fin del aislamiento de la Calzada, un barrio bloqueado durante semanas por un camión colgado de una grúa. Hubo balones de oxígeno contantes y sonantes que lanzaron administraciones públicas, remiendos primorosos y frágiles con fecha de caducidad, aquelarres de indomables templando ansiedades. ¿Mereció la pena? Portadas, prórrogas de desánimo, películas ácidas, solidaridad, rencores africanos, lealtades inquebrantables, traiciones vitriólicas… ¿Fue solo una agonía abyecta o un respiro para atemperar el testamento vital de un sector?.