Lo que queda de todo aquello
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- Published on Friday, 13 February 2015 14:05
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Se lo dieron todo, todo.
Tráficos y mercancías reservadas, comercio de estado.
Se les financiaba en base al 120 % del valor del barco.
Cobraban subvenciones que no generaban. Disponían de prevaricadores de confianza.
La Administración de Marina Mercante era su casa.
Algunos sindicatos les comían en la mano.
Las relaciones con ellos eran de entrega total, propia de sobrecogedores
bien seleccionados.
La siniestralidad era muy alta, pero la responsabilidad muy baja.
El Arco del Triunfo veía habitualmente cómo la ley pasaba entre sus patas.
Importaron chatarra a precio de ganga.
Algunos inspectores tenían la vista gorda y la mano larga.
El arqueo se recalculaba en función de la voluntad gratificada.
Abundaba el dinero para fastos y cuchipandas.
Querían tripulaciones de cuarto menguante.
Dictámenes y estudios técnicos a gusto de quienes lo encargaban.
Buitres de Atalaya, insaciables devoradores de partidas presupuestarias.
Gentes de golpe en pecho y moral despistada.
Filántropos de moco seco, gentes vacías de prosapia.
Comerciantes del mercadillo peninsular, Baleares y Canarias.
Buitres de atalaya, carroñeros de cuello largo
Organizadores de cursos de barraca.
Come que come y come. Camelo con gomina y traje de rayas.
El de la pata de palo es un camarada.
La miseria de barco es una buena aliada.
El marino español, una pesada carga.
Fuleros de la demanda de trabajo, con la complicidad de irresponsables.
Calamidad de empresarios.
Dame una línea y te diré lo que vales.
Lo que se ganó en fletes, fácilmente terminó en ladrillos o en vacas.
Siempre ha habido excepciones, caballeros dignos de mención aparte.
Auténticos navieros. Grandes empresarios.
Los otros, como los niños mimados, cuando no les dan la mano, no se atreven a salir de casa. Se han ido consumiendo, hasta quedar en eso, en gloriosa chatarra agujerada.

