La orquesta del Costa Concordia

 

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La orquesta del  Titanic pasó a la historia por seguir haciendo sonar sus instrumentos mientras el barco se hundía irremediablemente en las gélidas aguas del Atlántico Norte. Los miembros de aquel grupo quizás buscaban distraer a las víctimas del naufragio, al mismo tiempo que se mantenían fieles a su digna misión a bordo. Inmediatamente después que  las altas esferas británicas recibiesen la trágica noticia,  una mezcla de dolor y humillación embargaba su existencia. Sabían que el sistema que avalaban había fallado, su orgullo había sufrido un duro revés y la temeridad calculada les había jugado una mala pasada.  El mismo Winston Churchill, entonces un político de segunda fila, tenía responsabilidades directas en el asunto. Las cosas se habían hecho mal, como se venían haciendo desde hacía mucho tiempo. La soberbia jamás sustituye a la seguridad.  Si se burla la seguridad, antes o después, la tragedia pasa factura. Reconocer los errores siempre es duro y más aún para quienes se sienten dueños y señores de los asuntos marítimos, quizás por esa razón siempre intentan transferir sus responsabilidades a  otros. En el caso del Titanic, los verdaderos responsables del desastre, señalaron al capitán, aunque bien es cierto que quién había gran responsabilidad en el diseño y equipamiento del barco, no dudó en sucumbir con el  monstruo que había gestado. Las leyes marítimas, que avalan determinadas formas de hacer las cosas, fieles a la voluntad de sus promotores, siempre buscan  dejar a salvo, limitar  o  aliviar las responsabilidades de toda esa trama de intereses financieros, económicos, sociales y políticos que rodean a los barcos implicados en los accidentes marítimos. Sin embargo, el comandante, que es quien comanda, o el capitán, son las figuras ideales para hacer de pararrayos. Asumen la gran responsabilidad, pero las; decisiones las toman otros. Hoy, más de cien años después de aquel mítico siniestro, hay quienes siguen empecinados en que el capitán del Titanic cargue con todas las responsabilidades. Es obvio que el capitán de un navío tiene que asumir determinadas responsabilidades, pero siempre dentro de los límites de lo sensatamente razonable. Pretender que la vida del capitán sea un recurso más del naviero para intentar salvar sus intereses en la aventura marítima, es una idea “fascistoide”.

En el caso del “Ptrestige” la orquesta fue silenciada desde un primer momento, porque desde un primer momento se intentó orquestar una campaña para tapar las graves responsabilidades de la trama que mangoneaba el salvamento y los asuntos marítimos de aquel tiempo. Nuestro recuerdo del caso “Prestige”, es simplemente de vergüenza ajena y  tuvo quizás un remate de mercaderes fenicios embriagados por el seductor poder de la “pela”.

En el caso del "Costa Concordia", la Italia de Berlusconi y del almirante Brusco, aquel marinero de guerra que viajó a Washington pocos días después de producirse el accidente, todavía sigue orqestando una indecente campaña para que el comandante Schettino sea el gran responsable de un monumental siniestro cuyos ingredientes aún no han salido a la luz del gran público. Lo único que se ha hecho hasta ahora es universalizar la idea de que un comandante, para otros capitán o marinero, igual les da,  fue el responsable absoluto del desastre. No se han escatimado recursos en la insidiosa campaña dirigida desde donde es fácil imaginar. Los de siempre han actuado como siempre, llamando asesino, borracho, drogadicto, putero, déspota, macarra, y un interminable rosario de insultos, que se repitieron irresponsablemente en una gran parte de los medios de comunicación de todo el mundo. Una campaña de desprestigio orquestada no solo contra el comandante del “Costa Concordia”, sino contra todos los capitanes de la marina civil. Un torpedo con rumbo bien definido. El contraste lo marcaba el elegido para la ocasión:  el impresentable De Falco, el capo de la Capitanería de Livorno, un militar ocupado en funciones propias de la Marina Civil, un burdo patán elevado a la categoría de héroe por su histérica e irresponsable intervención en el accidente, un iluminado ordenando a Schettino que retornase a un barco que se encontraba  en pleno vuelco sobre de su costado. Un barco impracticable para el ejercicio del mando. Basta con mirar la imagen que aquí se inserta para que el sentido común nos diga que de nada serviría la vuelta a bordo. De nada serviría el montaje del impresentable De Falco, que sería meses después degradado. Sin embargo, la orquesta mediática pasaría esta página de la partitura, procurando silenciar tan lamentable montaje. Un silencio tan bochornoso como el que envuelve el caso del arco buque Juan Sebastián Elcano.

Los especialistas en diseño naval, saben que el "Costa Concordia" estaba mal diseñado, que la Armada italiana había tragado con numerosas irregularidades y corruptelas, que había consentido las pasadas temerarias de los grandes cruceros rozando la isla del Giglio y otros lugares de la costa. Nada nuevo, nada extraño en la Italia en la que la Marina Civil sigue militarizada como en los mejores tiempos de Musolini. En eso en poco o nada se diferencian la Italia de Musolini y la del caballero rufián.

La investigación del accidente del “Costa Concordia” fue realizada por la Armada italiana, que actuó como juez y parte, pues nadie debe dudar de sus responsabilidades en las operaciones de salvamento del "Costa Concordia", además de las ya indicadas anteriormente.

En estos momentos, Schettinos y otros marinos civiles están siendo juzgados en los tribunales y como suele ser habitual en estos casos, las presiones para que la sentencia garantice la continuidad del parasitismo militar en el ámbito de la Marina Civil, serán intensas.

Esperemos que los jueces levanten la vista más allá de las barreras impuestas por los privilegios de un militarismo náutico trasnochado y, en demasiadas ocasiones, en mano de incompetentes.

¡Por favor, no más De Falcos, ni desfalcos¡.