Espana-y-la-costa-atlantica-de-los-estados-unidos.
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- Category: Historia de la Marina Civil
- Published on Wednesday, 08 April 2026 03:07
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Si los hechos narrados fuesen siempre verídicos y estuviesen científicamente acreditados, la verdad pasaría a ser historia. De ahí que muchas historias editadas como verdaderas, dejarían de ser parte esencial de la Historia edtada.
(José Antonio Madiedo Acosta)
En España y la costa atlántica de los EE. UU. Cuatro personajes del siglo XVI en busca de autor, Carmen Benito-Vessels propone, sin ambages, recobrar la temprana historia del país de Washington y Jefferson restaurando las omisiones referentes a la presencia española en aquellas tierras. El título alude parcialmente a un drama de Luigi Pirandello que a su vez remite a una novela de Miguel de Unamuno. Como los nombres dados a las personas, a los libros, a los espacios geográficos, no se otorgan por casualidad, vale la pena explorar someramente las conexiones de este título. En Seis personajes en busca de autor (Sei personaggi in cerca d’autore, estrenada en 1921), el siciliano Pirandello presenta la relación del dramaturgo con sus protagonistas escénicos; en Niebla (1914) el rector salmantino crea la novela en base a los sucesos del protagonista, Augusto Pérez. Ambas obras indagan sobre la relación entre autores y personajes; ofrecen una meditación filosófica y estética sobre la existencia, la identidad, las relaciones entre realidad e imaginación, y a la vez proponen cómo se debe escribir una pieza dramática o una obra de ficción. Como Pirandello y Unamuno, Benito-Vessels escoge cuidadosamente a sus protagonistas, pero los sitúa en un paradigma diferente: el de la reconfiguración de la historia norteamericana del sudeste atlántico. Por medio de los indios Francisco de Chicora y don Luis de Velasco (Paquiquino), y los españoles Lucas Vázquez de Ayllón y Pedro Menéndez de Avilés, la autora recorre una época donde la presencia hispánica en territorios hoy parte de los Estados Unidos fue esencial. Fundamentándose en el itinerario de estos personajes, BenitoVessels explica el porqué de su actual ausencia cultural. Vale la pena recordar quiénes son estos relegados actores históricos.
Francisco de Chicora o El Chicorano fue uno de setenta indígenas de la costa del actual estado de Carolina del Sur engañado, aprisionado y esclavizado en 1521 por Francisco Gordillo y Pedro de Quexos. Al llegar a Santo Domingo de La Española y constatarse que no eran rebeldes y por tanto no podían venderse como esclavos, el grupo fue liberado y se ordenó su retorno al continente. El viaje de regreso nunca se realizó y la mayoría murió en la capital caribeña. Entre los sobrevivientes estaba Francisco de Chicora quien se bautizó, aprendió el castellano y comenzó a contar las maravillas y riquezas de su tierra natal quizá con el secreto deseo de retornar a ella. Como era de esperarse, tales descripciones no pasaron desapercibidas. El culto y pudiente oidor Lucas Vázquez de Ayllón pronto se convirtió en protector del Chicorano y lo llevó a la corte española. Allí conoció al cronista Pedro Mártir de Anglería quien consignó las descripciones de la tierra de Francisco de Chicora y así comenzó a construirse la leyenda que resultó en las expediciones a la quimérica Nueva Andalucía. Al licenciado Vázquez de Ayllón, Carlos I le concedió (1523) el derecho a explorar y poblar las tierras de Chicora, y allá se dirigió con seis navíos y más de 600 personas, y, claro, guiado por Francisco quien desapareció para siempre poco después de su llegada. Si bien la expedición fue un fracaso y el propio Vázquez de Ayllón murió (1526) en tierras norteamericanas, hubo un asentamiento de efímera duración, la colonia de San Miguel de Gualdape (en Carolina del Sur). Esta antecede a San Agustín de La Florida, a las colonias inglesas de Roanoke y Jamestown por varias décadas. En un mapa de la época (Diego Ribero, 1529) la zona explorada por el desafortunado oidor se denomina “tierra de Ayllón.”
Luis de Velasco o Paquiquino, otro de los personajes en busca de autor, fue un indio secuestrado o entregado (c. 1561) a una expedición española –según algunos por su padre, un notable señor étnico de la zona algonquina-hablante del actual estado de Virginia–. Educado por dominicos y jesuitas, protegido del virrey de Nueva España y bautizado con su nombre, el joven viajó a España, México y La Habana con frailes que insistían en crear una misión en la bahía de Santa María de Ajacán (Chesapeake Bay). Don Luis logró regresar a sus tierras (1570) acompañado de sacerdotes y hermanos jesuitas a quienes primero les sirvió de guía y después asesinó (1571). Se ha especulado –sin documentación y con la cronología en contra– que don Luis y el señor étnico Opechancanough quien atacó el establecimiento inglés de Jamestown en varias ocasiones y se oponía violentamente a cualquier pacto con los invasores europeos, son la misma persona. Pedro Menéndez de Avilés, gobernador de Cuba y adelantado de La Florida, se encargó de castigar a los compañeros de don Luis; este nunca fue delatado ni encontrado. El ambicioso marino, apoyado por una “compaña” de parientes y amigos asturianos, tenía planes mayores para la región: expulsar definitivamente a los franceses –y lo logró–; buscar una ruta hacia Zacatecas, en la Nueva España, con el propósito de transportar la plata de sus minas obviando el peligroso mar Caribe donde pululaban piratas y corsarios ingleses y franceses; explorar el norte de La Florida y encontrar quizá la mítica ruta hacia el Asia; continuar la evangelización con la ayuda de misioneros franciscanos; poblar la zona y establecer villas como puntos para adentrarse en el centro de Norte América. Una temprana e inesperada muerte truncó sus planes.
En una narración armada con cuidadoso apego a la investigación, los personajes de Benito-Vessels adquieren vida propia en el entramado de una historia donde el papel preponderante de España ha sido constantemente minimizado. Primero esto se debió a las ambiciones territoriales de Inglaterra y Francia, y después, en la época de la independencia y en el siglo XIX, a quienes armaron una historia matizada por preferencias religiosas, prejuicios étnicos, franco descuido o simple desconocimiento de las abundantes fuentes que dan noticia de la presencia española. No muchos escucharon a Thomas Jefferson, fundador de la Universidad de Virginia. Este lector del Quijote en cuya librería –generosamente donada a la destruida Biblioteca del Congreso a raíz de la ocupación inglesa de Washington (1814)–, estaban las obras completas de Cervantes, indicó más de una vez que para conocer la historia temprana de los Estados Unidos y vincularse con los vecinos del sur, era imprescindible aprender español. Escogidos cuidadosamente y estudiados con tesón por la autora, el Chicorano, don Luis, Vázquez de Ayllón y Menéndez de Avilés, se añaden a otros autores y protagonistas –Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Hernando de Soto, el Inca Garcilaso, Alonso Gregorio de Escobedo, Luis Jerónimo de Oré– que constituyen, en palabras de Benito-Vessels, “el eslabón perdido” en la historia de la temprana modernidad española de los Estados Unidos (p. 38). Su narrativa, como ha señalado la autora, “está cuajada de pequeños triunfos, grandes fracasos y enormes riesgos” (p. 218). Sin excepción este recuento histórico ilumina la época y nos ayuda a apreciar las ricas aristas de los antiguos comienzos hispánicos de ese devenir.
Las investigaciones resumidas en el libro de Benito-Vessels nos conducen igualmente a otras áreas de la temprana época colonial de Norteamérica, de la carrera de Indias. Me refiero en particular a las traducciones y la cartografía. Dentro de la primera cabe destacar el aprovechamiento de las fuentes españolas sobre la zona, las distorsiones en las traducciones y la preferencia por parte de los ingleses en divulgar obras donde el cronista hace una dura crítica de la colonización hispánica, por ejemplo, los tratados de fray Bartolomé de las Casas. En cuanto a las tergiversaciones, quizá el caso más notable sea la traducción del congresista Robert Greenhow del Ensayo cronológico para la historia general de la Florida (1723) de Andrés González de Barcia. Siguiendo a Anna Brickhouse, la autora explica cómo, en su versión, Greenhow desvincula la historia de Virginia de la presencia española en ese territorio disminuyendo asimismo su ligazón con el pasado indígena por medio de la demonización de don Luis (ver pp. 308 et passim). En este sentido se trae a colación el debate sobre qué da derecho a la posesión: el descubrimiento o la colonización. Obviamente Inglaterra y sus aliados se decantaron por la colonización.
Central a la polémica ilustrada por la biografía de los cuatro personajes iniciales, es el lenguaje de la cartografía. Los mapas, explica Benito-Vessels, no sólo señalan una ruta; por medio de las figuras que ilustran sus bordes, de la selección de un estilo de dibujo o la disposición de colores y líneas, presentan un lenguaje que debemos conocer y descifrar. Como recordamos, las cartas de navegación españolas se guardaban celosamente en la Casa de Contratación. Los navegantes patrocinados por España tenían la obligación de indicar nuevos descubrimientos y rutas en el padrón real y no podían divulgarlos. No obstante, debido a las defecciones de los cartógrafos y las presiones de otras potencias, los secretos se develaron con frecuencia. Benito-Vessels ofrece un ejemplo clásico. El cartógrafo alemán Martín Waldseemüller inscribió el nombre del continente –América– en su mapa de 1507 preparado gracias a la información que le proporcionó Américo Vespucio por entonces al servicio de la corona española (pp. 326-327). El capítulo siete, “Cartógrafos al poder”, está repleto de información; es un verdadero filón cuya lectura es tan informativa como cuestionadora de las prácticas de la época. Como señala la autora, estas luchas cartográficas nos hacen pensar en el clásico libro de Edmundo O’Gorman, La invención de América (1958), imaginada, no solo por los cronistas de Indias sino también por los cartógrafos quienes, respondiendo al interés de un público pudiente y curioso, se dedicaron a alimentar la quimera sobre el nuevo continente.
No podemos dejar de mencionar prácticas comunes en la expansión colonial española evidentes en el Norte y el Sur de América. En la conquista del Incario la hueste pizarrista buscó con ahínco las sepulturas de los Incas gobernantes. Por un lado, cuando se hacía el inventario de lo hallado, los sacerdotes aducían la naturaleza idolátrica del muerto y su cultura; por otro, como los gobernantes, en preparación para la otra vida, se enterraban con ricas posesiones en oro y plata, los soldados estaban listos a saquear los entierros de la nobleza incaica y así apropiarse de un cuantioso botín. En la costa atlántica de Norteamérica las perlas sustituyen a los codiciados metales y también estas se buscan en templos y sepulturas (p. 188). En su Relación de los mártires de La Florida (c. 1619), el franciscano Luis Jerónimo de Oré propone activar en ese territorio un método de evangelización que fue desastroso para la población andina, pero beneficioso, según él, para la tarea misionera en la zona floridana: las reducciones.
En su deseo de justipreciar el tipo de historia que produce distorsiones y omisiones, Carmen Benito-Vessels acude al prólogo de Garci Rodríguez de Montalvo en su refundición del Amadís de Gaula (1508). Allí el prologuista habla de tres tipos de historia y caracteriza cada una: historia verdadera: narración con testigos oculares y sobre hechos reales; historia de afición: representación parcial de los hechos; e historia fingida: cuenta hechos dentro de lo real-maravilloso y equivale a la ficción (p. 256). Si bien los tres modelos se evidencian en los relatos y crónicas sobre las Indias españolas y la llamada “frontera Norte”, con el correr del tiempo, aclara Benito-Vessels, en la conformación de la temprana historia de los actuales Estados Unidos predominó la “historia de afición” con la consecuente exclusión de su componente hispánico. España y la costa atlántica de los EE. UU. Cuatro personajes del siglo XVI en busca de autor de Carmen Benito-Vessels se perfila como esencial para su justa recuperación y estudio. Recordando palabras atribuidas a Pirandello –“no se da vida en vano a un personaje”–, comprendemos cabalmente por qué la autora seleccionó a sus protagonistas –Francisco de Chicora, don Luis de Velasco (Paquiquino), Lucas Vázquez de Ayllón y Pedro Menéndez de Avilés– y los situó en el contexto de un exacto recorrido textual. Como el Augusto Pérez en Niebla de Unamuno, ellos rehúsan desaparecer y reclaman un espacio. Desde la atalaya de su trayecto, Carmen Benito-Vessels, sagaz centinela literaria, los recobra y les da nueva vida. De este modo contribuye al necesario y bienvenido rescate de la temprana historia española de los Estados Unidos en su vertiente atlántica. Raquel Chang-Rodríguez City College of New York
