JEFE DE MÁQUINAS Y GRAN TENOR
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- Published on Sunday, 16 February 2014 20:40
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Alejandro Granda: gloria de la lírica mundial
Domingo Tamariz Lúcar. Escritor y periodista
Conocí al más grande tenor que ha dado el Perú al mundo –si no me equivoco– una noche del verano de 1961. Fue en una reunión en casa de Rosa Mercedes Ayarza de Morales (calle Mariquitas, cuadra 3 del jirón Moquegua) en la época que su hogar se llenaba de voces de tenores y barítonos sedientos de gloria.
Yo había llegado a casa de la famosa folclorista para entrevistar a Lucho Alva, sin imaginar que esa noche alternaría con el legendario tenor Alejandro Granda, cuya vida está jalonada de hechos que rayan en la apoteosis.
Alejandro Granda Relayza nació el 26 de noviembre de 1898 en el puerto del Callao. Fue hijo de Vicente Granda, estibador, y de Teresa Relayza, mulata oriunda de Lambayeque. Nada se sabe de su infancia y sus estudios. Sus biógrafos empiezan a seguir sus pasos cuando andaba en los 19 o 20 años de edad, es decir, en los años en los que trabajaba como maquinista de barcos de la Marina Mercante del Perú y cuando, embrujado por la voz y las arias de Caruso que, acaso, había aprendido de niño, no dejaba de canturrearlas ni cuando surcaba los océanos.
En uno de esos momentos de delectación lo escuchó el capitán de Marina Manuel Torrico, melómano y amigo de melómanos, que, impactado por su bella y poderosa voz, le dijo: “Muchacho, tienes una gran voz... yo voy a ayudarte”. Y retornando al puerto nomás, lo condujo a casa de la afamada compositora y musicóloga Rosa Mercedes Ayarza de Morales, quien, luego de extasiarse con su rica e inexplotada voz, habló con el presidente Leguía. Al escucharlo, este sentenció: “El Perú ya tiene su Caruso”, y lo becó. Corría el año 1924.
Antes de su partida, doña Rosa Mercedes organizó un concierto de despedida en el teatro Forero, hoy Municipal, ante el asombro de almidonados caballeros y encopetadas damas de una Lima que entonces amaba la buena música.
Ya en Milán, Granda ingresó al Conservatorio Giuseppe Verdi, pero al poco tiempo se retiró para estudiar con el maestro Alfredo Cecchi, antiguo tenor italiano que le enseñó todos los secretos del bel canto.
Tras largos ensayos, quedó listo para dar el gran salto. En febrero de 1927 debutó en el Teatro Soziale de Como cantando la ópera Iris, de Mascagni. El inicio de su carrera no pudo ser más afortunado: con entusiasmo, un crítico lo comparó con Caruso. Se codeó entonces con los mejores cantantes de la época, y en su hora más gloriosa resplandeció como uno de los astros de la Scala de Milán. En ese monumento de la ópera fue elegido por el maestro Arturo Toscanini para interpretar Rigoletto, acompañado por Toti del Monte y Mario Galefi. Los italianos se rindieron ante su voz y la personalidad de este Caruso moreno, de cuyo éxito no se sustrajo ni el mismo duce Mussolini, que le confirió el título de “Caballero de la Corona Italiana”.
Y en esa suerte, llegó como el príncipe de los tenores líricos a los más diversos países del planeta: Italia, España, Francia, Alemania, Finlandia, Rumanía, Hungría, Egipto, Estados Unidos de América, Chile, México, Cuba, etcétera.
En 1932 retornó a la patria cargado de fama y fortuna. Al puerto llegaron miles de personas para recibirlo en triunfo. Ofreció sucesivos conciertos en teatros de Lima y el Callao. En el Segura fue el divo de Tosca de Puccini y de La Traviata de Verdi. Su éxito fue tan grande que en su última función se desplomó una escalera por el peso de un público desbordante.
No solo el éxito y la fortuna estuvieron de su lado: también el amor. En su retorno llegó del brazo de una hermosa mujer, Dory Marinelle, soprano ítalo-norteamericana con la que estuvo casado varios años.
El cantante jamás olvidó su suelo natal. En todos los países donde actuó se identificaba, primero como chalaco (del Callao) y luego como peruano. En 1946, en la apoteosis de su carrera, retornó por segunda vez a su patria. Al año siguiente, el Gobierno le confirió la Orden del Sol del Perú, en mérito a sus excelentes cualidades artísticas y por haber difundido el nombre del Perú por el mundo.
Terminó su carrera en 1952, en La Habana. Luego de alejarse de los escenarios se dedicó a la enseñanza, primero en Hollywood –donde tuvo como discípulo a Mario Lanza–, luego en el Conservatorio Nacional de México y, por último, en el Perú, en el Conservatorio Nacional de Música.
Granda tenía un sueño: crear la Escuela Nacional de Ópera. Había hecho ya algunos contactos, pero la muerte lo sorprendió en ese anhelo el 3 de setiembre de 1962. El Teatro Municipal del Callao perpetúa su memoria.
