EN RECUERDO DEL CAPITÁN ANTÓN ITURRIZAGA.

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ESCRITO POR : Cap. José A. madiedo Acosta

 

Me he enterado del fallecimiento del capitán Antón Iturrizaga a través de un escrito que publica mi buen amigo, el capitán Javier Larrea, en la revista de la Asociación Vizcaína de Capitanes de la Marina Mercante, correspondiente al mes de febrero de 2011.

Conocí al capitán Iturrizaga en aquellos tiempos en los que los marinos civiles de este país debatíamos sobre nuestro futuro. Vivíamos la etapa de la llamada transición, tránsito de la dictadura a la democracia, que entonces no imaginábamos que podría terminar en algo similar a un billete de ida y vuelta. Las posiciones de los pequeños grupos que representaban a los marinos eran contradictorias, distantes y en cierto modo carentes de visión de futuro. Mientras que unos se habían instalado en un elitismo decadente, otros se atrincheraban en una especie de gastronomía feudal con la que pretendían hacer valer la supuesta grandeza de su divisa ideológica. En la otra orilla, había heterogéneos grupos progresistas en los que militaban desde personas con una gran conciencia social hasta auténticos oportunistas en busca de una tropa de fieles sobre la que encaramarse para llegar al poder y enriquecerse sin mayores escrúpulos. A estas alturas, huelgan los ejemplos. Lo que sí parece claro es que se equivocó el rumbo colectivo y los resultados no requieren más demostración que la simple constatación de la realidad. Es cierto que se salvaron algunos muebles e incluso se superaron las barreras impuestas por los poderes fácticos de la marina mercante, siempre reacios a que los marinos civiles tuviésemos una formación universitaria y las enseñanzas de náutica se integrasen en donde siempre deberían haber estado, en la Universidad. Los marinos civiles hasta entonces apartados de la Administración pública, salvo que accediesen a militarizarse ingresando en la llamada Reserva Naval, tuvieron la oportunidad de ser funcionarios públicos. El militarismo náutico fue perdiendo fuerza. La vida a bordo alcanzó mayores cotas de calidad. Sin embargo, años después, en plena democracia, triunfarían las banderas de conveniencia, se degradarían las banderas nacionales, surgirían los segundos registros, arraigarían las autorizadas agencias de “leva” y, poco a poco, se iría retornando a la degradación de las tripulaciones y a la pérdida de calidad de vida a bordo.

 Aquellos años en los que conocí a Antón fueron tiempos en los que el diálogo entre los diferentes grupos de marinos no era fácil, entre otras razones porque habíamos perdido las señas de identidad como marinos civiles. La amalgama de credos político-sociales generados por Armada, armadores-banca y sindicalismo vertical, respaldados por la dictadura franquista, habían arraigado con profundidad en determinados ámbitos lo suficiente como para crear un clima de discordia permanente entre marinos. El concepto de Marina Civil había sido borrado por la ideología dominante. En tales circunstancias, las barreras que había que superar para recuperarla dignidad de la profesión eran enormes.

 Y viene a cuento este apretado preámbulo para recordar la figura del capitán Antón Iturrizaga, que era miembro de la Asociación Vizcaína de Capitanes y hombre que profesaba un gran amor a su tierra. Él se sentía especialmente motivado para eregirse en defensor de la historia de los marinos vascos en sus seculares singladuras por los mares de todo el planeta. Tenía un gran empeño en recuperar y actualizar los toponímicos vascos de determinados lugares y pueblos de las costas de América del Norte, especialmene en la península del Labrador y Terra Nova.

 Antón había vivido lo suficiente para navegar con envidiable solvencia en cualquier océano, por grande que fuese; amaba su profesión y la dignificaba con su comportamiento. Era dialogante y abierto, sabía escuchar y defender sus creencias; era sencillo en las formas y profundo en sus reflexiones y pensamientos. Era  espontáneo y divertido.

 Antón fue uno de los  interlocutores necesarios para acercar posturas, para lograr el entendimiento, para construir un proyecto en común, para la necesaria reconciliación y la concordia entre los diferentes grupos de marinos civiles de entonces. Antón fue para mí una persona entrañable, un digno colega. Un compañero con el que he tenido no muchos contactos, pero sí los suficientes para apreciar su sabiduría y su calidad humana. Antón era auténtico. Era además de capitán, licenciado en dignidad y respeto hacia los demás, y tenía un buen sentido de la convivencia.

 Antón era también un buen cocinero. Su huerto era la antesala de su cocina y un magnífico lugar de reflexión. Entre col y col, a buen seguro que hacía más una singladura por las costas americanas.

 La ría de Bilbao fue su lugar de vida y trabajo durante sus últimos años en activo; allí, al mando de una draga, pudo seguir en contacto con su mundo sin fronteras, viendo como evolucionaban los barcos y los marinos, los muelles, los medios de carga y descarga, los transportes terrestres, los agentes marítimos, los clanes portuarios, la estiba, los astilleros, y todo aquel enjambre que él conocía perfectamente. Antón conocía a fondo su profesión y le gustaba reflexionar sobre  las consecuencias negativas de aferrarse a posturas numantinas en un mundo cada vez más abierto. Antón fue un buen referente para construir un futuro digno para la marina civil.

 Antón, perdóname por ser tan parco a la hora de despedirme de ti y mostrarte mis respetos, pero aunque sea de este modo, déjame decirte que, por lejos que te hayas ido, siempre tendrás un lugar en mi recuerdo.