España derrocha en armas, mientras la Marina Civil está abandonada.

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En la madrugada del 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron un sorpresivo ataque aéreo contra varias ciudades de Irán. Los países agresores anunciaron entonces que el conflicto podría resolverse en un corto plazo. Sin embargo, transcurridos ya más de tres meses, la situación no ha hecho sino agravarse.

El estrecho de Ormuz permanece cerrado al tráfico marítimo. Las mercancías continúan retenidas en contenedores, bodegas y tanques de los buques inmovilizados. Algunos barcos que han intentado superar este cuello de botella han sido atacados, con las graves consecuencias que ello ha supuesto para las marinos civiles embarcados. Muy pocos buques han conseguido autorización para abandonar el maldito Golfo. En la actualidad no se registran movimientos ni de entrada ni de salida y, durante los últimos cinco días, no existen noticias de buques navegando por aquellas aguas.

Como consecuencia de esta situación, unos 20.000 profesionales de la Marina Civil permanecen confinados a bordo de los barcos en los que trabajan. Su situación, aunque los medios de comunicación —salvo contadas excepciones— apenas la consideran digna de atención, es desesperada, y lo será aún más con la llegada del verano.

Las temperaturas extremas, que alcanzan los 45 grados centígrados, se combinan con un creciente desabastecimiento de agua potable El ambiente a bordo está marcado por una angustia plenamente justificada, por el miedo a una extensión generalizada del conflicto y por la incertidumbre derivada de unas estrategias cuyo rumbo resulta cada vez más imprevisible.

La indefensión de la flota civil y de los marinos que hacen posible la cadena mundial de suministro se hace más evidente con cada día que pasa. Las armadas responsables de proteger la soberanía de las banderas que enarbolan los buques retenidos se han mostrado, hasta ahora, incapaces de ofrecer soluciones eficaces.



Por su parte, la OMI, la OIT y otros organismos internacionales cuya misión fundamental es garantizar la Seguridad de la Vida Humana en la Mar y unas condiciones dignas de trabajo y de vida para los marinos, se muestran flácidos e inoperantes, actuando más como comparsas de los intereses estratégicos de Estados Unidos e Israel en la región que como auténticos defensores de los derechos humanos y marítimos. La ONU no duda en calificar la situación como una crisis humanitaria «sin precedentes», pero el mensaje parece quedarse únicamente en el terreno de las declaraciones.

Entre quienes sufren las consecuencias de estas auténticas cárceles flotantes también hay ciudadanos españoles. Sin embargo, en España, quienes deberían actuar no actúan; quienes deberían alzar la voz guardan silencio. Mientras tanto, el Papa pasea por España.

La Marina Civil no parece formar parte de las prioridades nacionales. Ojalá nunca tengamos que afrontar una crisis de desabastecimiento o de aislamiento internacional provocada por esta irresponsable falta de consideración hacia la Marina Civil y hacia todo lo que representa para España. Cuando ese día llegue, si llega, tal vez algunos comprendan que el bienestar, la economía y la seguridad de una nación dependen, en gran medida, de quienes mantienen abiertas las rutas del mar.

El Partido Popular y su socio camarada desprecian a la Marina Cvil como lo han demostrado siempre que han tendio el poder en sus manos. El conservadursmo asilvestrado y el neofascismo asociado son militaristas navales por vocación y afinidad ideológica.