¿Los marinos civiles profesionales en vías de exterminio?

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Marina Mercante española - Wikipedia, la enciclopedia libre

                        Icono franquista de la Marina mercante española

No hay razones para militarizar los espacios marítimos ni la Marina Civil

No hay razones para someter la flota civil y las actividades marítimas a los caprichos e intereses del militarismo náutico.

Los marinos civiles deben defender sus legítimos intereses como ciudadanos libres y profesionales con nivel superior con plena autonomía frente a las campañas de acoso y eliminación por parte de otros colectivos. 

Los marinos civiles deben de exigir que sus corporaciones y organizaciones representativas ejerzan sus funciones de forma democrática y eficaz.

El bibartidismo español lleva años destrozando la Marina Civil y ninguneando a los marinos civiles. 

Es pernicioso que la Secretaria General de Transporte Marítimo y la Dirección General de la Marina Mercante se hayan convertido en promotores de organizaciones anti Marina civil.

El fascismo marítimo siempre ha tenido una vocación militarista.

Retroceder a los tiempos de la UOMM (Unión de Oficiales de la Marina Mercante), de marcado espíritu franquista, sería un suicido colectivo.

En la Italia de Meloni la Marina Civil ya está colonizada por la marina militar.

 

Fascismo: una definición

La ligereza con la que se usa el término banaliza la amenaza y protege a los auténticos fascistas

David Jiménez

David Jiménez

Periodista

Ahora que la palabra “fascismo” se ha abaratado, utilizada con ligereza por políticos y periodistas, a menudo reducida a un insulto de bar, convendría recordar de qué hablamos cuando la mentamos. La ideología que llevó a Europa al desastre en el siglo XX ha vuelto, si alguna vez se fue del todo. Comprender sus objetivos e identificar a sus defensores será clave para combatirla antes de que sea tarde.

Desde su irrupción en Italia en los años 20, y hasta su derrota en la Segunda Guerra Mundial, el fascismo provocó decenas de millones de muertos. Y, sin embargo, es probable que en el Parlamento europeo que salga de las elecciones del 9 de junio se sienten un buen puñado de neofascistas, cuyos sueldos serán pagados por todos. “Llevo gritándolo desde 2016 (…). ¡Vienen los fascistas!”, advirtió la Premio Nobel Maria Ressa la semana pasada, en un discurso a los graduados de la Universidad de Harvard.

El fascismo se alimenta de periodos de fuerte confrontación social, incertidumbre y tensiones geopolíticas como los que vivimos. Aunque ha evolucionado, en su actual versión adopta recetas viejas, incluida la aspiración de entrar en las instituciones democráticas para sabotearlas desde dentro. A ello hay que sumar su nacionalismo extremo, la búsqueda de la pureza racial, la demonización de las minorías, el desprecio por la democracia, buenas dosis de nostalgia imperialista y culto de hiperliderazgos populistas. 

La llegada al poder de Mussolini, Hitler o Franco tiene lecciones que haríamos mal en olvidar. Los tres contaron con la indiferencia de quienes miraron a otro lado, la ingenuidad de quienes creyeron que la amenaza no era real o la complicidad de las elites. Pero no hay que subestimar a quienes voluntariosamente, y con la mejor de las intenciones, refuerzan el movimiento que desean eliminar. En este último grupo se encuentra ese sector de la izquierda empeñado en señalar como fascista a cualquiera que defienda posturas conservadoras o se opongan a sus propuestas. El resultado es el contrario al deseado: si todo es fascismo, nada lo es. 

La ligereza con la que se usa el término banaliza la amenaza y protege a los auténticos fascistas, que se ven normalizados en esa etiqueta generalizada. Sorprende, o quizá no tanto, que el error lo cometa esa misma izquierda incapaz de identificar a uno de los principales representantes del fascismo moderno, Vladimir Putin. El líder ruso incluso tiene sus juventudes putinescas, a imitación de Hitler. Sus ensoñaciones imperialistas, la persecución de las minorías, con especial saña con la comunidad LGTBI, la militarización de la sociedad y la transición de su régimen al totalitarismo deberían bastar para situarlo en la esfera fascista. No para quienes, aferrados a la melancolía soviética, sigue sin entender por qué Putin es idolatrado por la extrema derecha en todo el mundo, desde Trump a Orbán.

Europa se juega su futuro en los próximos años. Los partidos conservadores tradicionales, y sus votantes, serán aliados importantes para desmontar las versiones extremas que los han superado por la derecha. Solo una alianza transideológica, que tenga como valores compartidos la defensa de la democracia y los derechos humanos, podrá luchar efectivamente contra los enemigos de la convivencia.

 

 

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