Blanquear el chapapote del PRESTIGE: un esfuerzo propio de cínicos

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PRESTIGE;

De cómo la alianza entre corrupción, ineptitud, militarismo náutico y soberbia tecnoburocrática pueden convertir un incidente en una catástrofe. Esa sería la forma más sincera de recordar y reflexionar sobre las causas originarias del accidente del petrolero Prestige y su desastrosa gestión posterior.

En lugar de borrar el “chapapote”, que aún ensucia muchas rocas de nuestras costas a base de palabrería, sería mucho más útil para todos explicar cómo a lo largo de la historia reciente el modelo milico-tecnoburocratico, de divisa borbónica, ha sido una ruina para la Marina Civil y para los españoles. Urquiola, Castillo de Salas, CASON, Mar Egeo, Prestige...etc son el fruto del modelo naval que impera en la España de la transición circular: del franquismo al postfranquismo.

La avaricia del pirata como estímulo

Los mismos que embarrancaron al CASON en las rocas, cerca de Finisterre, fueron los protagonistas del esperpéntico auxilio negociado al petrolero Prestige. Tenían suscrito un compromiso de asistencia con el Estado, y estaban ante un caso evidente de petición de auxilio. No había ningún problema para remolcar al Prestige a la ensenada de Corcubión, y alejar cualquier peligro. Se podía resolver fácilmente el problema. Sin embargo, como en el caso del CASON, algunos pensarían que no se podía renunciar a un negocio que se presentaba suculento. Luego serían los de siempre los que decidirían alejar el barco y llevarlo al “quinto pino”. Una buena forma de exponer al Prestige al riesgo de romperse y abrir el abanico, para que el “chapapote” que llevaba en sus tanques llegase bien lejos, a todos los sitios.

El cerebro gestor, seguramente bien asesorado desde la trastienda, ordenó alejar el barco a 200 millas de las aguas en las que España tenía jurisdicción, es decir, a unas cuatrocientas millas.

Negarse a reconocer lo evidente

El Estado Español sigue negándose a mirarse al espejo de la mar y verse tal y como es: un glorioso desastre marítimo, que valora los fracasos como méritos dignos de reconocimiento. Trafalgar, Cuba, Filipinas.

Con el PRESTIGE España no perdió la oportunidad de hacer el ridículo a nivel internacional. Como ya es habitual en la España naval, afloró la “capitanfobia” patriótica. El capitán Mangouras fue la diana, el culpable de todo; pero más allá de los Pirineos no es sencillo presentar a quien supo estar en su lugar como responsable del despropósito de quienes hicieron todos los méritos para  quedar en evidencia.

Una carísima gestión de apaciguamiento y limpieza

Nunca Maís sintetizó un clamor popular que resonó a hueco en muchas conciencias responsables de aquel desastre, los defensores de un modelo naval corrupto y trasnochado. Rajoy y el bipartidismo cómplice convirtieron miles de toneladas de “chapapote” en simples hilitos, sutilmente estilizados. Se fabricaron torpedos "chupa todo", que sirvieron para nada, surgieron interesados gestores de voluntarios ejemplares, que fueron utilizados como mano de obra barateira. Habría que ver las cuentas. Se repartieron recursos de esa manera. Se creo un superpuerto para buques fantasma. Se desdobló la Administración Marítima temporalmente. El “quinto pino” sustituyo a la legua marina. Se premió con una capitanía marítima a un vulgar “sobrecogedor” de tasca y taberna.

Tampoco faltó la genial propuesta de utilizar dos F18 para resolver el asunto a base de "chupinazos", por la fuerza.

El gestor principal de aquel accidente de navegación era un tecnoburócrata, que manifestó que no sabía lo que era un rumbo. Pero ese detalle, parece ser que, de menor cuantía, para los poderes fácticos, no fue tenido en cuenta, y ha habido incluso un reconocimiento académico a tan supina ignorancia. Y por si fuera poco, se ha dado continuidad a semejantes carencias, poniendo la Administración Marítima en manos de otros gestores de similar ignorancia  náutica.

20 años después del Prestige

España navega al mismo rumbo, orgullosa quizás de su gran historia naval , forjada a base de grandes falacias y negar lo evidente, pero la historia a fin de cuentas se puede construir con papel de imprenta.