El Prestige persistente
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- Published on Wednesday, 10 November 2021 08:22
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El 12 de noviembre de 2002 el petrolero Prestige, de bandera de conveniencia, sufrió un accidente frente a las costas de Galicia. El capitán lanzó un SOS solicitando ayuda. Había mal tiempo. El petrolero había sufrido la rotura del forro exterior de uno sus tanques de lastre, por lo que el agua penetró en su interior produciendo la escora del barco y el rebose de una pequeña cantidad de la carga por la parte alta de uno de los tanques centrales. Un vertido de mínima importancia, sin embargo, la España del inmenso trigal, de los buitres de mar, de la ignorancia arrogante y del militarismo náutico de trastienda, consiguió convertir un simple accidente en la mayor catástrofe medioambiental de su historia. La España que navega sobre moqueta, la que se considera por encima del resto de sus conciudadanos, la que dispone de los recursos de todos con tanta osadía como soberbia, volvió a hacer el ridículo internacional.
Un tecnócrata, que declaró no saber lo que era un rumbo, tomaba decisiones aberrantes; políticos y armadores gandules se reunieron para tomar “convenientes” decisiones, un ministro omnisapiente ordenó alejar el barquito al “quinto pino”. El paseo a ninguna parte terminó por romper el barco y producir su inmediato hundimiento.

La capitanofobia sistémica se encargó de encarcelar al capitán, que demostró ser el más centrado de todo aquel cotarro de concupiscentes e iluminados tecnoburócratas. Se derrochó el dinero público en diversos menesteres, se construyó un megapuerto destinado a contabilizar vacíos, la tecnoburocracia naval hizo torpedos succionadores de petróleo una vez que el barco estaba en el fondo. Hubo un juicio que vale más olvidar. Hubo sentencias y sentencias. Un lamentable espectáculo táctico, que dejó pruebas evidentes de las carencias de nuestro modelo marítimo. Se palparon de cerca las tremendas consecuencias de condenar a la Marina Civil a la marginalidad y al castigo. La reuniones de expertos eran un puro paripé, porque quienes decidían, a decir de algunos presentes, no daban la cara; manejaban la tramoya desde la camareta contigua.
Los famosos hilillos del Prestige, quizás eran el símbolo y el eflubio de los posos de Cuba, Filipinas, de la compañía de Caracas, de la falúa del Tajo, del oropel con salmuera y del dieciochesco sueño borbónico.
La España bipartidista no quiso mirarse al espejo, se negó a verse de cuerpo entero y con su alma de puro secano al descubierto. El orgullo de los de siempre negó lo evidente. Y el asunto tuvo unos costes que aún no se han podido calcular con precisión. Se repartió dinero, se hicieron negocios, y los voluntarios blanquearon la negritud de la escena.
19 años después, el caso Prestige sigue presente, abierto, pendiente de enmienda por parte de un bipartidismo incapaz de entender que España es un país marítimo, obligado a defender sus costas y caladeros de pesca, a disponer de flota de comercio acorde con su potencial económico, a poner orden y mesura en sus puertos, a profesionalizar la instituciones marítimas, a respetar a los marinos civiles, a gestionar el salvamento marítimo con racionalidad y eficacia, a desmilitarizar las actividades propias de la Marina Civil. Refugiarse, como meta, en a Marina de Recreo, que debe de tener un trato adecuado, no debe de ser objetivo casi exclusivo, aunque así lo parece.
Sería deseable que algunos partidos recién llegados a las tareas de gobierno se asomen a la mar y se enteren de qué van los asuntos marítimos. Ya está bien de vegetar y dormirse en el silencio cómplice con los de siempre.
La España del Prestige sigue cosechando fracasos, porque representa un modelo marítimo insostenible. Es necesario limpiar definitivamente las 77.000 toneladas que ensucian las conciencias de los poderes ejercientes de este país, y eso no es una cuestión de voluntarios, sino de quienes deben de entender que la mar es mucho más nostalgias, playas, yatecitos y negocios inmobiliarios cerca de la arena. Tomen conciencia que España necesita una Marina Civil potente, y profesionales competentes.
Después de 19 años de Prestige, el bipartidismo en su examen marítimo global no merece más que un rotundo suspenso.
