Alfonso Alonso Barcón, merece ser recordado
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- Published on Friday, 24 April 2020 06:48
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Esto Valencia lo tiene que saber
21.09.2010 | 10:56
Alfonso Alonso Barcón
Es una bonita construcción de carpintería y tejados verdes, fachadas de un ocre rosado con molduras blancas y amplios y robustos aleros de vigas rotundas pintadas de marrón. El sol restalla en sus cristales. Su estética me recuerda a la de algunos edificios de la costa argelina y del Marruecos francés con los que en mi época de navegante me llenaba los ojos. Desde su terraza, abierta al Mediterráneo, se dominan la playa y el paseo marítimo. Y es tan espléndida la vista, tan de ser querida, que no puedo leer. He salido a eso, a leer al sol sentado en uno de esos imponentes bancos como lo hacía Hans Castorp en las hamacas de su montaña mágica. Perdida ya la libertad, deseo aprovechar así las últimas horas de relativa calma que me restan hasta el momento en que dé comienzo lo que me ha traído aquí, pero no puedo concentrarme en la lectura porque el mar y la franja de arena reclaman mi atención. Así que dejo el periódico, y me alzo y me dejo empapar por cuanto se puede ver desde esta atalaya, admirado y casi diría que feliz. Así de lejos estoy de imaginar que, unas horas más tarde, todo ese entorno privilegiado se me convertirá en un infierno.
Cuando me dijeron que sería operado en el Hospital de la Malva-rosa torcí el gesto, pero el cirujano, advirtiéndolo, se encogió de hombros, me miró francamente y abrió brazos y manos como diciéndome: "Es lo que hay". Con toda justicia podía haberme dicho que en ningún otro hospital podría esperar mejor trato. En unos pocos días me lo confirman así algunos amigos que conocen bien este Centro: "En ningún otro de Valencia te sentirás mejor atendido", me dicen. Y ahora ya estoy en esta soberbia terraza, acodado cara al mar en su balaustrada blanca, oteando el horizonte como en mis tiempos de guardia en el puente, vestido con un pijama azul que no es el mío, disfrutando del momento pese al inevitable hormigueo de estómago que me recuerda qué edificio es éste y lo que me ha traído a él. Ajeno del todo a lo peor de lo que me espera.
Estamos a nueve de julio y desde las once de esta luminosa mañana, mi hora de ingreso, me esfuerzo por no contar las que me quedan hasta que me suban en una camilla con ruedas y me conduzcan tumbado en ella pasillos adelante. Una enfermera me ha recogido en Consultas Externas. La he seguido hasta la que ya es mi habitación. Enseguida, el ritual de ingreso: este pijama, una toalla, una deleznable bata de lunares, sin mangas y abierta por detrás, el timbre para pedir ayuda, el mando de la cama practicable€ Al cabo de un rato una inyección y la afrenta anunciada de ese rasurado exhaustivo que vivo interiormente como un denigrante sometimiento inevitable. Me falta costumbre, pero eso sí es lo que hay. En la terraza, arrullado por el solecito y el ligero bullicio que llega desde la arena, consigo asumirlo hasta el olvido. Estoy en buenas manos. Ahora ya me consta. Luego, en la habitación, dormitaré un rato procurando abstraerme, tratando de no pensar en eso para lo que nunca estamos lo suficientemente preparados.
Entro en quirófano a las cinco de la tarde. Pronto me insensibilizan de cintura para abajo y me disponen boca arriba con los brazos en cruz, en mi nariz la toma de oxígeno. Noto que me conectan a misteriosos aparatos que no puedo ver. Sobre mí el enorme foco redondo de las películas y a mi alrededor un medido ajetreo. Me rodean los hombros y las cabezas de hombres y mujeres jóvenes y afables vestidos de verde cuya fisonomía no percibo porque las mascarillas les ocultan el rostro. El anestesista me pellizca en un muslo. "¿Notas algo?" Todavía sí. Suena una suave música de fondo, envolvente, acariciadora, que no se detendrá. No me lo esperaba. Y de pronto me invade la benefactora sensación de un bienestar hasta hoy desconocido, hecho de una complacida curiosidad un punto infantil; y de agradecimiento hacia los que ya hurgan en mi vientre, y de confianza por lo que hacen y porque sé que lo harán bien. Ingenuo, les pregunto si Anatomía de Grey guarda algún punto de fidelidad con todo esto. Se ríen. Nada que ver. Una voz femenina me explica las diferencias. Escuchándola, viendo la chispa en sus ojos por encima de la mascarilla, me imagino en las manos de Katherine Heigl. Es mi única ensoñación, pero enseguida vuelvo a la realidad: "Ya van casi por la mitad de la primera mitad", me dice el anestesista.
Después el tiempo se me escabulle. Los pierdo, a los de verde, confiado a otras manos que controlan mis constantes, fuera ya del quirófano; manos también de estimar, que enseguida se ganan mi aprecio y mi agradecimiento. Y otra vez la camilla rodante, y el número de circo para pasarme en volandas, sin que mi cuerpo se doble, de la camilla a la que va a ser mi cama durante la noche más larga de mis últimos treinta años.
De nuevo a solas comienzan los dolores, pero me distrae, y me los alivia, el periódico cuya lectura tenía pendiente. Al cabo de un rato —molido, boca arriba sin apenas poder moverme, sólo lo justo para cenar cuando llegue el momento— entra una enfermera y me da un puñado de algodón. "Para los oídos", me dice. No entiendo, al principio, pero ella señala hacia afuera; a la playa y al paseo marítimo, donde ya oscurece. "Es que hoy es viernes, y aquí€". Asiento y dejo el algodón sobre la mesilla de noche. Seguro que exagera, pero hasta ahí llegan los cuidados que este equipo prodiga a sus pacientes.
Poco antes de las doce llamo por segunda o tercera vez a la enfermera de guardia. Se acentúa el constante dolor pero ella no debe salirse de lo que el cirujano le ha dejado pautado. Tengo que sosegarme y tratar de dormir un poco. Me quedo a oscuras y recuerdo el antiguo consejo de un viejo amigo para combatir el dolor: mis pies son las raíces profundas de un árbol milenario, inabarcable. Con la imaginación he de ir ascendiendo despacio por él hasta hacer cumbre en su copa, allá, bien arriba, cerca de las nubes. Pero tan alto seguro que no llegaré. Mucho antes, olvidados mis padecimientos, habré conseguido dormirme. Sé que funciona, así que me pongo a construir concienzudamente mi árbol contra el dolor. Y ya me invade el letargo de sus primeras ramas, de las primeras hojas detenidamente imaginadas, cuando de pronto se dispara la alarma.
Al principio es sólo como un lejano rumor de marabunta que se incorpora sin permiso a mi sopor incipiente hasta hacerse un hueco en él y formar parte de su sustancia. Pero ese rumor que sueño se me convierte enseguida en un alboroto real que me despierta abruptamente. Es un anticipo de la bestialidad que se acerca, pero todavía no lo reconozco como tal. "No puede ser, que esto es un hospital. Es sólo gente que pasa" —me digo—. "Venga, vuelve a tu árbol, trata de dormir". Dolorido, aturdido por los fármacos, ni siquiera me acuerdo del algodón que la enfermera ha dejado en la mesilla de noche. Aún descreo de la palabra clave que ha pronunciado al dármelo, pero el árbol ha sido abatido y ya no estoy soñando. Ahí afuera, en la misma preciosa fachada marítima de este bendito hospital, alienta efectivamente lo inesperado.
A las cinco de la madrugada, cuando ya llevo un poco más de doce horas boca arriba, con los lumbares hechos trizas, los puntos martirizándome y el vientre hinchado como un globo sin que yo sea capaz de orinar, en los mismos cristales donde por la mañana restallaba el sol retumba ahora el estrépito. Es ese bombardeo, ese impactante BOUMM-BOUMM que se te mete bien adentro entre las sienes, en medio del pecho, golpeándote como con un mazo de forja. De fondo, el sonido de cristales rotos, coches que pasan picando biela, gritos, risotadas€, y algo más lejano el espeso murmullo de la multitud que bulle en la playa. Ahí al lado, los ancianos del asilo contiguo vivirán aterrorizados la llegada de cada una de estas noches. Ni pensar en dormir. Con esto es imposible. Menos aún en el estado en que yo me encuentro. "Botellón", había dicho la enfermera, pero esa simple palabra se queda ahora corta. Hay coches aparcados abajo. Les adivino las puertas y los capots traseros abiertos, la música-máquina a todo volumen... Exasperado, la llamo. "No hay nada que hacer", me dice; "así estamos siempre".
Búscale adjetivos. ¿Insoportable€? ¿Indignante€? Me quedo con el más suave entre los que se me ocurren: Inverosímil. ¡En un hospital! No se sabe ni de un solo caso así en ningún otro sitio del ancho mundo que yo he llegado a conocer en el transcurso de mi vida. Un hospital, un asilo€ significan silencio. Es una condición, una exigencia que en todas partes se respeta. ¿Cómo es que aquí no? ¿Nadie siente vergüenza por esto, ya que no por todo lo demás? ¿Es posible que Valencia acepte y aplauda a quienes lo toleran o lo fomentan? ¿Qué sus habitantes lo soporten? Porque esto no puede ser un secreto. Esto Valencia lo tiene que saber. ¿Entonces€?
A las seis y media vibran los cristales de mi ventana. Ya clarea. Un sonido como de timbales desenfrenados se me cuela ahora entre estas cuatro paredes. Nada de música, sólo un estruendo de percusión enloquecida. Con el cercano fin de fiesta, los oficiantes tienen a bien aumentar el volumen hasta lo indecible, pero a mí ya me da igual. Estoy agotado. Vivo donde vivo y esto es lo que hay. Ignoro que a las ocho, estando por fin profundamente dormido, me desvelaré definitivamente. Será un atronar de barredoras y camiones lo que irrumpa esta vez en mi habitación. Ha sido una noche más, en la Malva-rosa. Una noche de fantástico botellón —miles de personas, se me dice—, y hay toneladas de basura que recoger y meadas y vomitonas que baldear. Pero cuando esta mañana lleguen los bañistas más madrugadores lo encontrarán todo limpio y reluciente, que hurtarle a la luz del día lo que debieran sufrir como una vergüenza perdurable sí es algo que los responsables de nuestro Ayuntamiento saben hacer muy bien donde y cuando les conviene.
Ya avanzada la mañana, durante la visita médica, me entero de que son decenas las denuncias que el personal del Centro ha presentado ya por esta causa, pero recurrir al Ayuntamiento es como aporrear el portón de una casa vacía. Cada semana, puntualmente, la misma vergonzosa tortura. "Para ellos es un hospital que carece de interés político", me dicen; "un hospital para pobres". No se les ocurre otra explicación, y quizás no la haya.
Mal puedo sospechar que de regreso en mi domicilio, en la página web de la Generalitat ("Actualitat del Consell") daré con esta perla: el conseller de turno destaca la introducción —precisamente en este hospital— de nuevas técnicas quirúrgicas "cuyo desarrollo (€) permite alcanzar una significativa calidad de vida de los pacientes valencianos". Hoy el conseller ha cambiado y ese sarcasmo, fechado a 2 de junio de 2007, sigue ahí. Le aconsejaría al actual que al menos lo eliminase. Pero en el mismo texto se subraya la trascendencia del programa de Cirugía Mayor Ambulatoria en virtud del cual el 80% de las intervenciones quirúrgicas se llevan a cabo en este Centro mediante cirugía sin ingreso. Y esto sí que es algo digno de agradecer: vuelves pronto a casa, así que sólo si vives en el asilo o ingresas en el hospital durante el fin de semana padecerás el botellón.
Al menos me han ahorrado dos sesiones: sábado y domingo.
*Piloto de la Marina Mercante y licenciado en Derecho
COMENTARIOS DE AEMC
Fue uno de los padres del SLMM, creado a mediados de los 70.
A lo largo de su dilatada trayectoria profesional ha dejado huellas indelebles de su coherencia, de su honestidad, de su capacidad intelectual y de su compromiso con la Marina Civil.
En 1978, cuando la Marina Civil española estaba saliendo del oscuro túnel de la dictadura franquista, publicó una obra titulada, "La condición obrera de los marinos mercante", obra que merece ser leída, porque a pesar de haber transcurrido más de 40 años de su publicación, aún sigue vigente.
Ha publicado otras obras y artículos que trataremos de ir recordando.
No sería justo olvidar a quien tanto nos ha dado a cambio de muy poco o de nada.
Alfonso Alonso Barcón debe de ser honrado como se merece.
