VOTAR AL CORRUPTO

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Corruptores y corruptos, prevaricadores, apologetas de la corrupción, jetas de lo público, encubridores, muñidores, cófrades del invento, correligionarios, depredadores de impuestos, carroñeros y títeres políticos. Toda una fauna degenerada que drena impunemente la economía española.

La degradación de la moral pública, de la convivencia solidaria y del mutuo respeto se ha extendido como una metástasis invasiva a todas las capas sociales, desde altas instituciones a los estratos más arrabaleros. Hay quienes se esfuerzan en negarlo y tildan de enemigos de España a quienes lo denuncian privada o públicamente.

El sistema y las tramas corruptas se confunden en demasiadas ocasiones. El periodismo juega un papel activo frente al azote de la corrupción, pero también es parte del sistema cuando alimenta, enmascara, quita importancia e incluso justifica la corrupción y las acciones delictivas de los corruptores. Hay medios totalmente fieles a los dictados de sus capos, mientras que otros intentan combatirlos.

Atrapados en ese clima de corrupción generalizada, los españoles con derecho a voto volverán a las urnas el 26 de junio de 2016, seis meses después de haberlo hecho el pasado 20 de diciembre de 2015.

Los resultados obtenidos en diciembre no solo han descabalgado al bipartidismo reinante hasta ese momento, sino que algunos partidos, presa de su incoherencia, han optado por extrañas alianzas coyunturales tratando de evitar una mayoría de “izquierdas”, de tal modo que los aparentes esfuerzos para componer tal mayoría de gobierno han resultado estériles, con el consiguiente desconcierto de no pocos militantes de izquierdas. La situación surgida de las urnas es nueva, complicada, y, en cierto modo, cargada de incertidumbres.

Por el contrario, la alianza de Podemos con IU apunta, en la antesala de la campaña electoral, a un éxito electoral del nuevo grupo: Unidos Podemos. aunque la fiabilidad de la encuestas, dadas las circunstancias, es dudosa.

La memoria colectiva es perezosa a la par que frágil. Las campañas electorales, diseñadas por expertos en la manipulación colectiva, van dirigidas precisamente a exacerbar el ánimo de un votante confundido, que se olvida fácilmente de los casos de podredumbre política y es proclive a creer las falsas promesas de los charlatanes con oficio. Todo un repertorio de falacias para conseguir el voto, que es el objetivo.

Sin embargo, los elevados índices de abstención registrados en España evidencian que el sistema está podrido. La frustración de quienes se sienten burlados por una falsa democrácia al servicio del capitalismo salvaje se hace patente en el hastío. Cada vez son más los que son conscientes de que su voto solamente tiene el valor de un aval sin contrapartida. El slogan bipartidista podría ser: Vota lo que quieras, que se hará lo que nos venga en gana.

Por otra parte, un país en el que un alto porcentaje de los votantes eligen conscientemente unas opciones políticas ligadas a las tramas corruptas es un país socialmente enfermo. Y lo es porque dar el apoyo a los partidos corruptos, a organizaciones que en las que han militado delincuentes conocidos y reconocidos, es potenciar la plaga. Algo muy pernicioso. Potenciar la corrupción en lugar de perseguirla debería ser socialmente punible.

Si algo tiene de novedosa la situación actual es que el bipartidismo hispánico ha sido radiografiado en detalle, con resultado inequívoco: se ha potenciado el despilfarro y la corrupción. Y no se han adoptado medidas eficaces para erradicar esas lacras. Es más, hay partidos que siguen incluyendo en sus listas a personajes con un historial político indecente. Y a todo ello hay que sumarle el vértigo de una justicia con más agujeros que un queso gruyere. Esos partidos no ofrecen unas mínimas garantías democráticas .

Defender que el modelo actual es el más conveniente para el ciudadano es un acto de cinismo y de renuncia  al Estado de Derecho.

De cara a las urnas, quizás haya que concluir que existe el riesgo de equivocarse, pero lo que no ofrece dudas es que votar a los corruptos es potenciar la corrupción, avalar la delincuencia institucional y contribuir de forma irresponsable a la degradación de España y los españoles.

Cada cual es dueño de su voto y puede ejercerlo libremente,  pero debe ser consciente de las consecuencias que se derivan de dárselo a los delincuentes.