Tiempos vendrán.

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24.09.2015

En España se está viviendo una de las etapas más decadentes de su historia marítima. En el transcurso de los últimos veinticinco años la flota de buques mercantes y pesqueros se ha envejecido y ha sufrido una gran merma de unidades. Pero la situación de la flota, la gestión de nuestros puertos- marcada salvo excepciones por la corrupción y el despilfarro-, el jolgorio aberrante en el que está sumida la marina de recreo, la alta siniestralidad en nuestras costas y la manifiesta ineptitud para gestionar accidentes como los del “Prestige”, el “Oleg”, el “Mar Nosso”, el ”Sorrento”, y otros más, demuestran que las políticas diseñadas son erróneas en su planteamiento y más aún en su aplicación. La España de las castas, de los privilegios sostenidos con fondos públicos, de la capitanofobia, del desprecio por la eficacia, del militarismo insaciable y de otros males presentes, como esa nefasta tendencia a legislar en función de los intereses del membrete, alentados por caducas teorías de cátedra- que más que dar respuesta eficaz a los problemas reales, solo procuran mejorar sus rentas- vive en glorioso desgobierno. Se añade a todo ello un colegio profesional caído en manos poco recomendables y un sectarismo tecnopiadoso que actúa como un lastre insuperable desde los gloriosos tiempos del general fascista. Igual suerte corre el salvamento marítimo plagado de un intrusismo demasiado verde para ser eficaz. Y lo grave del caso es que no hay atisbos de que a corto plazo vaya a registrarse un cambio de rumbo. Los recién llegados a la escena política, de momento no han dado muestras de tener ni un ápice de sensibilidad marítima. Al fin y al cabo han sido formados en la España de secano, en las universidades que beben del Tajo, del Tormes o de un río seco, cuyo cauce desnudo rodea los viejos adobes de la meseta. Pero no hay razones para desesperarse, la historia tiene sus recovecos y regresiones, porque siempre hay margen para corregir y volver a orientar la proa correctamente. Todo es cuestión de tiempo y de esfuerzo colectivo para sacudirse lo impropio y molesto. Y como ejemplo de que hace siglos que estas cosas ya ocurrían, podemos alimentar nuestra memoria leyendo lo que narra Federico de Castro y Bravo en su obra: Las Naos españolas en la carrera de Indias, escrita en 1927.

Gravura de Alfredo Roque Gameiro (1864 - 1935) reproduz o interior de uma nau portuguesa: hierarquias diluídas na convivência em alto-mar.

Alrededor de 1608, el  capitán Tomé Cano, destaca el cambio que se había producido en la marina en los últimos veinticinco años. Había, nos dice, más de 1000 naos de alto bordo, todas ellas de propiedad privada, solo en Vizcaya había más de 200 naos, que navegaban a Terranova por ballena y bacalao y a Flandes por lanas, y en 1608 no existía ninguna. En Galicia, en la Montaña, en Asturias, más de 200 pataches que navegaban a Flandes, Francia, Inglaterra y Andalucía, trajinando en sus tratos y mercaderías; de ellos no quedaba ninguno. En Portugal siempre hubo más de 400 naos de alto bordo y unas 1500 carabelas y carabelones, entre las cuales pudo el Rey Don Sebastián reunir 930 velas para la infeliz jornada a África, quedando a la vez provistas las navegaciones de Italia, Santo Tomé, Brasil, Cabo Verde, Guinea, Terranova, etc; en el momento en que escribe no quedaban, en todo aquel reino, apenas una sola nao propiedad de particulares, y algunas carabelas de poca consideración. En Andalucía existían más de 400 naos, de las que más de 200 navegaban a Nueva España, Tierra Firme, Honduras e Islas de Barlovento, de las qe en cada flota iban 60 y 70 naos; las otras 200 navegaban por Canarias a las mismas Indias, a sus islas, y otras navegaciones cargadas de vinos y mercancías, con gran utilidad y acercamiento de la Real Hacienda y con mayor provecho y beneficio del comercio e industria; pero todo esto, como dice Tomé Cano”.

Los pueblos deberían ser dueños de su destino, salvo que prefieran dormirse y dejarse arrastrar por aquellos que, teniendo un dueño exigente, dicen estar al servicio de los ciudadanos. Recordar lo que hacen es la mejor forma de rechazar lo que dicen.