Corruptores y títeres sin enmienda (3)

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 Que la corrupción se encuentre entre las mayores preocupaciones de los españoles, nada tiene de extraño, entre otras cosas, porque afecta directamente a su calidad de vida y al funcionamiento de las instituciones públicas.

El capitalismo salvaje, que es el que domina actualmente la mayor parte del mundo “civilizado”, recurre a la corrupción como instrumento óptimo para acumular riqueza. Las prácticas de corrupción son relativamente fáciles y lucrativas, y gozan en muchos casos de una favorable impunidad.

 

 

El sistema, consciente del potencial económico que entraña la corrupción, intenta que el ciudadano la vea como algo inocuo y propio de una sociedad moderna, aunque sea todo lo contrario.

El sistema educativo en todas sus ramas y escalas, salvo excepciones, no combate la corrupción, más bien la tolera, la práctica y en más de un caso la cultiva. En un sistema degenerado y propicio, la corrupción está presente en el ejército, en la iglesia, en la justicia, en las administraciones públicas, en el deporte, en la cultura, en la industria, absolutamente en todo.

Es vergonzoso que se publique listados de ministros vendidos a los corruptos y la sociedad lo acepte como algo normal.

Las prácticas corruptas no son incompatibles con el prestigio personal. El gran corruptor se presenta como un benefactor de la sociedad, como un ídolo digno de respeto y admiración, cuando no es más que un esperpento de convivencia y un vulgar delincuente, por muchos títulos que acumule y muchas riquezas que le rodeen.

Los corruptores saben la importancia de preservar su imagen y por ello procuran patrimonializar los medios de información, para que sean estos los que se encarguen de manipular a la opinión pública, de tal modo que ésta los venere y al mismo tiempo desvíe su mirada sobre los partidos, sindicatos y políticos corruptos,- los mismos a los que ellos corrompen-, para quedar al margen de cualquier sospecha. Se les presenta como personajes repletos de virtudes sociales, como ejemplo de capacidad y esfuerzo, como marca de calidad humana y empresarial, aunque, objetivamente analizada su conducta, no son más que depredadores sociales, tiburones de lustroso aspecto dispuestos a tragarse cuanto se pone a su alcance.

Hasta ahora, salvo contadas excepciones, esa estrategia parece haber funcionado, de tal modo que la mayor parte de los ciudadanos apuntan a políticos y a sindicalistas como los grandes artífices de la corrupción. Y en muchas ocasiones, en un alarde de incoherencia, el ciudadano reniega de los políticos corruptos, pero los vota una y otra vez, sin pararse a pensar que está alimentando el sistema. Está dando su apoyo a quienes le están llevando a la ruina económica y moral. Alimentando a los corruptores y a los títeres que gobiernan. Si quieres potenciar la corrupción, no hay más que votarlos de nuevo. Sus promesas no son creíbles, porque siguen en manos de los corruptores, como lo han estado siempre.