"EL BARCO SE NOS HUNDIÓ EN CINCO MINUTOS"

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Un velero rescata en el Cantábrico a dos pescadores que sobrevivieron en el agua agarrados a una tabla tras irse a pique su embarcación frente a la playa de Sopelana Ramón y Félix, dos empresarios vizcaínos de 63 y 58 años, salieron ayer por la mañana a pescar y a punto estuvieron de no volver a casa. El primero tenía atracado en el puerto deportivo de Getxo un barco de madera de dos motores, más de nueve metros de eslora y nueve toneladas de peso, que compró hace años en Laredo. Los dos amigos salieron de buena mañana a bordo del¨"Albión" «por puro ocio» con la intención de capturar cabras, un pequeño pez de roca. «Había mala mar y empezó a entrar agua por la popa. Pensábamos que era la que salpicaban las olas», relata Ramón. Pero se trataba de una vía de agua. Eran cerca de las dos de la tarde y se encontraban navegando frente a la playa de Sopelana. De repente, los dos tripulantes se percataron de que «la popa estaba baja» y arrancaron motores. «Todo fue muy rápido. Nos pusimos los chalecos salvavidas, colocamos las bombas y comunicamos por radio con Salvamento Marítimo, pero no ha dado tiempo a nada. Cuando he ido a coger la balsa salvavidas ya tenía el agua al pecho», explica. «El barco se puso en vertical, con la proa arriba, y en menos de un cuarto de hora ya había desaparecido». Por suerte, «un banco de atrás que utilizábamos de pasarela se ha soltado y nos ha venido de miedo». Los dos hombres se aferraron a la tabla para mantenerse a flote. «No nos hemos dado ni cuenta. E

l barco se nos ha hundido en cinco minutos».

En un instante, los dos aficionados a la pesca se vieron solos en mitad del Cantábrico. «Del miedo que tenía no he sentido ni frío», confiesa Ramón. Dios aprieta pero no ahoga. El refrán encaja perfectamente en la historia. De repente, los náufragos vieron a lo lejos un velero y empezaron a gritar. «Podíamos haber usado el silbo del chaleco o pedido socorro, pero con los nervios no se nos ocurrió. Gracias a Dios, al final nos oyeron». «Estaba amoratado» El "Ramper", de once metros de eslora, capitaneado por Jairo, un marino colombiano de 51 años, hizo un «viraje» a vela y puso en marcha los motores para llegar a su encuentro. «Al principio pensábamos que eran submarinistas y que lo que se veía era una boya de las que usan para marcar su posición, hasta que escuchamos los gritos», dice Jairo, al que acompañaban en el paseo tres jóvenes amigos de su hija. Cuando llegaron a la altura de los pescadores en apuros, «les echamos un cabo con defensas para que se agarraran». Y una vez que estaban sujetos, «les arrastramos hasta el barco y les ayudamos a subir. Tenían caras de susto y uno estaba amoratado». «Les dimos mantas, ropa para cambiarse, conversación y un poco de vino para que se calmasen», sonríe Jairo. Enseguida llegó la embarcación de Salvamento Marítimo y una zodiac de la Cruz Roja del Mar con base en Arriluce. El "Ramper" puso rumbo a tierra y devolvió a los dos náufragos sanos y salvos a puerto. «Lo importante es volver a casa», se felicitaba ayer Ramón tras el rescate. «Muy agradecidos» a Jairo y sus acompañantes, los dos aficionados a la pesca han prometido «invitarles a unas copas».

El "Albión", que debe su nombre a una isla inglesa y que su dueño, paradójicamente, no cambió «porque dicen que da mala suerte», reposa ya en las profundidades del Golfo de Vizcaya «con mil cosas» a bordo: herramientas, cañas de pescar... «Al final, un barco es como una casa flotante».