Laureano Lourido.-capitán y Presidente de la Autoridad Portuaria de Gijón

 

Publicado en el diario El Comercio de Gijón 3 de julio de 2016

Este corverano que siempre soñó con hacerse a la mar, la vive ahora desde los despachos como presidente de la Autoridad Portuaria de Gijón

POR C. DEL RÍO

 

Las gafas redondas con las que Laureano Lourido (Nubledo, 1959) corrige su vista no ocultan los ojos atentos y divertidos del presidente de la Autoridad Portuaria de Gijón. Una impresión que confirman las primeras palabras que pronuncia allá donde se encuentre, por más que la empresa que gestiona la comunicación del puerto gijonés le reconvenga al respecto. Él va ciertamente por libre. Si ya lo hacía de estudiante, etapa en la que se pasaba medio curso escolar expulsado por entretener a sus compañeros, por qué no lo va a hacer ahora. «Soy un tío alegre», se justifica sin pedir perdón por restar rigidez al cargo que desempeña desde septiembre. Otro en su lugar temería de que no lo tomaran en serio. Él no. Este corverano-gallego militante transmite una seguridad aplastante. No sólo porque siempre da lo mejor de sí mismo, sino porque no le arredran los retos ni empezar desde abajo. Su currículum lo deja claro.

Capitán de la Marina Mercante, navegó nueve años por todo el mundo, dirigió el área marítima y de explotación comercial en el puerto de Gijón para el grupo servicios portuarios Ruiz de Velasco, montó una empresa de logística para el grupo Ros Casares en Valencia, firmó el estudio por el que Argeposa se hizo con el contrato para manipular productos acabados en Arcelor Mittal, fue director y consejero de la empresa AGP, director gerente de la terminal de graneles sólidos EBHI en el puerto de Gijón, profesor del máster de Logística de la Universidad de Oviedo y desde el pasado mes de septiembre dirige la Autoridad Portuaria de Gijón. Responsabilidad que no será la última de su vida laboral porque sueña con volver a navegar. Será empresa difícil, pero no imposible para un hombre que cambió un buen trabajo y salario por un puesto de peón cuando su hija pequeña le reclamó en casa y que para pagarse los estudios trabajó de camarero de madrugada, durmiendo no más de cuatro horas diarias.

Laureano comenzó a diseñar en Galicia su futuro apenas unos años después de nacer y de dejar la marca de su cordón umbilical en la cómoda de castaño que había hecho su padre ebanista y que durante muchos años se conservó en el domicilio familiar. Allí, en la ría de Noia frente a la que había nacido su padre, aquel chiquillo dejaba que su vista se perdiera en el horizonte e imaginaba los mundos remotos que describían Joseph Conrad o Emilio Salgari. Ellos, y la familia de marinos de guerra por parte de padre, tuvieron la culpa de que su inquieta y efervescente cabeza ya no pensara en otra cosa desde entonces. Laureano Lourido quería recorrer mundo y navegar por las aguas que salpicaban sus novelas favoritas.

Instalados en Cancienes al poco de nacer, donde aún continúa viviendo, Laureano se crio feliz arropado por un padre condescendiente con el que compartió nombre y por la aguerrida Doradía, practicante en Cancienes y Nubledo hasta 1979, y que todavía hoy ironiza con la movilidad laboral de su primogénito. «Fiu, tú non faes un trieniu», deja caer al vuelo ante cada nuevo cambio laboral. Con su hermana Rosi, tres años más joven, comparte la pasión familiar. Dama auxiliar del Ejército fue de las primeras mujeres que participaron en el desfile de las Fuerzas Armadas y hoy trabaja en el hospital naval de Ferrol.

El Lourido adolescente, matriculado en el Instituto Carreño Miranda, pasaba más tiempo fuera que dentro de clase, bien expulsado por hacer guasa -uno de sus pasatiempos favoritos- o bien porque de antemano él ya había decidido que prefería ir a ver los barcos a la ría de Avilés que escuchar al profesor de turno. Ahora sí, cuando tocaba dar el callo, se ponía (medio) serio, apretaba y pasaba exitosamente reválidas y exámenes. Ya en la Escuela de Náutica de Gijón aprendió a canalizar la fiesta y la juerga que llevaba consigo y darle rienda suelta sólo por las noches. Llegaba a las siete de la tarde a Cancienes, posaba los libros en la nevera del Venus y atendía a los clientes hasta las dos o dos y media de la madrugada. Así estuvo durante tres años de estudios en Asturias, ahorrando además para sacarse el título de capitán en Barcelona.

A los veinte años y con su pasaporte hacia la libertad en la mano, tenía todo un mundo por delante para comerse a bocados. Y cuanto antes, mejor. Se embarcó siempre movido por los destinos que unían las líneas en las que trabajó como oficial. No aceptó ni el primer trabajo ni el segundo que le ofrecieron las navieras porque ir de Huelva a Casablanca o de Marín a Pasajes no tenía ninguna emoción. Él quería cruzar el Atlántico, llegar a Estados Unidos y a Canadá, cruzar las siete esclusas seguidas de los Grandes Lagos y el canal Welland. El Golfo Pérsico, los mares de Japón y de Australia. Navegar por el mar de Tasmania era una oportunidad que pocas veces se le brindaba a un marino español. Si algo podía esperar era la boda que estaba en ciernes.

Hoy mira por la cristalera de su despacho, en El Musel, y recuerda la sensación de despertarse en alta mar y disfrutar de un amanecer. Ni siquiera las duras condiciones de una mar que a veces se crispa logra inquietar a estos profesionales. Es la parte áspera de la profesión, la parte más emocionante si cabe, y el marino sólo piensa en salvar la carga y a la tripulación.

Esa novela de viaje y aventura que escribió en la mar durante nueve años se acabó abruptamente cuando el 8 de noviembre de 1990 su hija de dos años le preguntó por qué no estaba en su fiesta de cumpleaños. Desembarcó ocho días después y pidió la cuenta. No tenía nada en la recámara, pero confiaba en sí mismo y no olvidaba las palabras de su padre enfermo cuando se despidieron en la estación de Oviedo sabiendo que era la última vez que se verían: «Que tu miedo no esté nunca por encima de tu dignidad».

Vuelta a empezar

De vuelta a Cancienes, acepta un trabajo de peón en el puerto de San Juan de Nieva. Cambia el uniforme por un mono de trabajo para barrer el almacén, colocar cadenas, recoger flejes y siempre con buen humor. El que es marca de la casa. A los dos años era capataz y, poco después, apoderado de la empresa. En 1997, el grupo Ruiz de Velasco, que buscaba estibadores, lo nombra director del área marítima y en 2001, director de explotación del puerto comercial de Gijón.

En 2004, un amigo lo sentó en un restaurante de Madrid con un varón muy parecido al cantante Francisco, con el que compartía nombre. No estaba en el Carreño Miranda de su juventud, donde sin duda habría hecho una gracia, lo cual fue una suerte para él porque aquel Francisco en cuestión era Ros Casares, que se lamentaba de los sueldos millonarios que le pedían con quienes contactaba para montar una empresa de logística. Lourido se ofreció al momento para el trabajo y el 1 de septiembre se instala en número 2 de la calle Barcas de Valencia para enfrentarse al cometido.

El resto ha venido rodado para una persona que nunca ha tenido la manifiesta pretensión de llegar a ningún sitio concreto sino de ser profesional en su trabajo. Esta es la segunda enseñanza que tiene grabada a fuego. Se la dio un marinero cuando estrenó cargo de primer oficial en el barco. «Vamos a hacer lo que tú nos digas, pero sólo te respetaremos cuando demuestres que sabes más que nosotros». Desde entonces siempre lo ha llevado a práctica y tiene claro que si hoy dirige la gestión de una Autoridad Portuaria es porque hace 36 años fue el mejor peón de San Juan de Nieva.