Qué hacer por Grecia

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Ahora que el Gobierno Tsipras parece empezar a moverse mejor, tocaría al resto actuar con mayor rapidez

12 MAY 2015 - 00:00 CEST

No preguntéis solo qué puede hacer Grecia por Europa; preguntaos qué podemos hacer los demás europeos por los griegos.

Sirva este eco de la investidura del presidente Kennedy, enero de 1961, como celebración. ¿De qué? De la primera reunión en casi tres meses —desde el 20 de febrero— entre los ministros del Eurogrupo, el griego Yanis Varoufakis incluido, sin resultados antipáticos.

El cónclave de ayer amenazaba tormenta. Algunos auguraban que el Gobierno de Tsipras amenazaría con suspender el pago al FMI de 750 millones de euros debidos para hoy, con el objetivo de obtener golpecitos en la espalda que animasen al BCE a abrir más el grifo a Atenas. Y que ese pulso sería el heraldo de un grave “accidente”. A saber, la bancarrota no pactada, la caída de área euro en el pánico, el caos, su ruptura de facto.

No fue así.

Tras la quiebra salvaje, el segundo escenario feo sería la suspensión de pagos (default) pactada. Ha ocurrido en América: en California, en Illinois, en Detroit, sin demérito para el dólar. Pero esos Estados guardaban potencia para enderezarse, y el presupuesto federal con que echarles una mano es muy superior al europeo. Aquí, eso sería funerario para la joven eurozona, y fatal para los griegos. Tragarían doble caldo de austeridad: Grecia apenas tiene más que turismo, aceite, vino, y navieros con el dinero en Suiza.

Vuelve pues la negociación a su cauce, albricias. Pero ahora que el Gobierno Tsipras parece empezar a moverse mejor, tocaría al resto actuar con mayor rapidez. Y de forma envolvente.

Tocaría olvidar desplantes, torpezas, ineficiencias. Y doblar el papel de acreedor angustiado (sin dejar de exigirle que cumpla su parte) con el del padre cuando retorna el hijo pródigo (acogerlo con más generosidad). No solo hay que hablar de que Atenas deba reducir el déficit presupuestario. También de que se lo facilitemos con iniciativas como la reciente de Bruselas (un plan de ayuda social); o con un programa inversor específico para ese país; y liberando del cómputo de la austeridad todas las inversiones productivas, vieja buena idea de Jacques Delors que reverbera en 11 desafíos de Europa, el 4º informe anual de la Fundación Alternativas sobre la UE. La generosidad es el único egoísmo fructífero.