"LA MARINA MERCANTE FUE CLAVE EN EL AUGE ECONÓMICO VASCO"

  Euskadi necesita recordar a uno de los elementos claves de su desarrollo económico a finales del siglo XIX y durante buena parte del siglo XX: Su marina mercante. El capitán retirado Luis María del Busto recuerda con orgullo y pesar el auge y caída de las empresas navieras vascas Xabier Aja- Viernes, 22 de Abril de 2011 - Actualizado a las 10:20h Bilbao. Días pasados, el BEC que acogía a la feria del sector naval vasco Sinaval, sirvió de escenario para dar a conocer el recuerdo de uno de los testigos de la historia de la marina mercante vasca de la que sí se puede decir que tiempos pasados fueron mejores. Eso se desprende de las palabras y, sobre todo, la documentación sobre la historia moderna de las navieras en el Estado español recopilada por un marino vasco, Luis María del Busto y Mandaluniz, Capitán de la Marina Mercante por profesión, vocación y tradición. Nacido en la localidad marinera vizcaina de Plentzia en 1929, pertenece a la sexta generación de una dinastía de marinos vascos. Del Busto ha publicado Un siglo con la Marina Mercante (1895-1995), obra que se presenta en tres tomos de los que los dos primeros ya están en el mercado y el tercera saldrá a la venta en los primeros días del próximo mayo.

¿Qué ha supuesto la marina mercante para la economía vasca?


No se puede entender el crecimiento vasco a finales del siglo XIX y principios del siglo XX y luego en los años sesenta sin el papel fundamental de la marina mercante. La riqueza ha sido posible gracias a los buques que han llevado y traído tantas mercancías. Desde el mineral de hierro y los productos siderúrgicos que se cargaban en la ría del Nervión a todo tipo de máquinas que se importaban. Desde los años veinte hasta finales de los setenta se ha vivido una época gloriosa para las navieras vascas que ha coincidido con el crecimiento económico del País Vasco.

¿Qué recoge el libro?

"Un siglo con la Marina Mercante (1895-1995)" es una obra que, dada su gran tamaño, está repartida en tres tomos y es un compendio de la historia, uno a uno, de 3.506 barcos pertenecientes a 655 compañías navieras vascas y españolas a lo largo del siglo XX.

¿Cómo y cuando surgió la iniciativa de recopilar tan ingente trabajo?


Yo he vivido siempre en un ambiente ligado a la mar. Heredé en la familia cinco generaciones de capitanes de barco pero sobre todo fui marino por vocación. Me gustó mucho navegar y ver mundo en mis años como profesional, y eso me hizo meterme a fondo para recordar a los muchos barcos que la marina mercante tuvo en sus años de gloria. Aunque la idea del libro se concretó tras mi jubilación, desde muy joven comencé a recopilar artículos de revistas marinas y recortaba cualquier referencia marina aparecida en los periódicos. Posteriormente investigué en diferentes archivos e incluso en mi trabajo recopilatorio pasé largas temporadas en Londres consultando el Lloyds Register de la capital inglesa. La idea era no dejar en el olvido una importante documentación que con la desaparición de las navieras se estaba perdiendo y recordar a una marina mercante que tanta importancia ha tenido en el desarrollo de nuestro país. Luego, lo hemos sacado adelante, con el apoyo de mucha gente, desde mi esposa, a la Asociación de Capitales, el Museo Marítimo de Bilbao, el Gobierno vasco, el puerto... y muchos más. Por ejemplo en el tema fotográfico ha sido básico el trabajo, entre otros, de gente como Juan Miguel Laría y Alberto Mantilla.

¿Por qué se hace uno capitán de la marina mercante?

Nací en un pueblo precioso llamado Plentzia en donde desde niños andábamos metidos entre botes y txintxorros, por la ría de Butrón. Si a eso le añadimos que la mayoría teníamos familiares que eran marinos y ese era el ambiente que se respiraba en el pueblo no era raro que mi futuro estuviera en la mar. Máxime si además tenía cinco generaciones de capitanes de barco en la familia por delante.

¿Es verdad eso de una novia en cada puerto?

No, pero sí es verdad que me hice marino por espíritu aventurero, por las ganas de ver mundo. Hay que tener en cuenta que en los años cuarenta del siglo pasado no había cine, televisión, internet estas cosas de ahora y sólo se podían conocer muchos sitios si viajabas allí.

¿En qué ha cambiado la profesión de marino desde su primer buque en 1947 hasta nuestros días?


Ha cambiado horrores, los barcos son mucho mejores. La tecnología ha cambiado todo pero hay un aspecto fundamental. Hoy en día se ha reducido sustancialmente el tiempo en puerto. Se carga y descarga rápidamente en horas y prácticamente no desembarcas en los puertos con lo que el aspecto de conocer otros lugares gracias al trabajo ha desaparecido en buena parte. A mí me gustaba ir en buques de carga general porque te podías pasar cuatro o cinco días al menos en cada puerto y en cambio siempre he evitado embarcarme en petroleros y gaseros.

¿Qué avance técnico recuerda más desde que empezó a navegar?

Yo empecé a navegar en 1947 en el buque Monte Altube, de una compañía mítica como era Naviera Aznar. Justo había finalizado la II Guerra Mundial, con lo que evitamos los riesgos de los torpedos de los años precedentes, pero navegábamos sólo con un compás y con el timón, sin goniómetro, ni GPS como ahora. Empecé en una línea regular al Caribe desde Bilbao con cabotaje por la península y luego en 14 días llegábamos a Puerto Rico. Y para mí el mayor avance fue la implantación del radar en los barcos. Antes con niebla entrar en un puerto era toda una aventura pues no valía apretar un botón para saber dónde estabas.

¿Cuantos años estuvo navegando?

Estuve 37 años, hasta 1984, de ellos 26 como capitán. Y he visto muchas cosas. Desde la entrada por primera vez en puertos de ciudades tan impresionantes como Nueva York, Londres, La Habana, Buenos Aires o Estambul, o la mayor tormenta que recuerdo haber sufrido que aconteció cuando los medios de comunicación en un buque no tenían nada que ver con los de ahora, en un viaje de India a Japón en un viejo carguero Liberty, esos que hicieron los norteamericanos en grandes series durante la II Guerra Mundial, con mineral de hierro. Nos metimos en mitad de un tifón, el Opal, y estuvimos una semana a la capa en mitad del temporal. La verdad, pensé que no lo contábamos.