El siglo XIX, las tormentas y la iglesia de Corcubión

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Hoy se cumplen 130 años de un terrible desastre natural (no el primero) en el templo: un rayo impactó con la parte superior de la torre derrumbándola junto con parte de la fachada y el techo

Luis Lamela 19/03/2015 05:0019 de marzo de 2015.

El siglo XIX fue aciago para Corcubión. Comenzó en 1809 cuando los franceses, además de asesinar a varios vecinos, quemaron la iglesia de San Marcos y otros edificios privados. Pero en el principal monumento religioso corcubionés fueron mucho más graves los daños ocasionados en esa centuria por las fuerzas de la naturaleza: entre las siete y las ocho de la tarde del 25 de febrero de 1933, un huracán bajó por la cuesta de Estorde, entró en Corcubión en su camino hacia el mar y siguió por la Fenlla hacia la montaña.

De este fenómeno existe un testimonio dejado por un vecino de la villa de San Marcos, Pedro Piñeiro: una trebonada bastante furiosa -seguramente similar a un fuerte tornado- se formó por la parte de Poniente y «se introdujo por la parte del Norte del prado de Recamán destrozando la mitad de sus paredes y un sinnúmero de pinos arrancados y tronzados en tres o cuatro partes, trayendo mucha parte de sus ramas a la villa por el aire, y desde allí se introdujo en el pinar de Domínguez haciendo el mismo destrozo...». Este fenómeno bajó a la villa, no dejando pared en pie. Desde el crucero del campo da Roda -hoy campo del Rollo- hasta el río que llaman de Villas, no dejó casa alguna que no llevase todas las tejas, y también alguna madera.

A la de Asunción Osorio le llevó toda la fachada de la plaza, tronzando por abajo el cruceiro allí existente, abatiendo la casa de la Gabota y la torre de los Domínguez con la chimenea. Pero lo más serio de todo fue que abatió la torre de la iglesia hasta la campana y parte de la tribuna, llevando el viento en alto un barco que estaba en el taller de José Canosa y Diego Eirís, con un porte de «cien pipas» -unas 60 toneladas-, rematado y dispuesto para echar al mar, «llevándolo a tumbos por allí abajo» y despedazándolo de tal manera que lo tuvieron que deshacer para leña.

El huracán, o tornado, no dejó lancha que no despedazase: el barco Camariñas, de Fisterra, que estaba amarrado en la orilla del mar, en el puerto, lo puso con la quilla al sol, tronchándole los palos. Otro de Roque Insua, lo mismo, y en la bahía a un barco del fomentador de Fisterra, Juan Xampén, llamado La Calella, lo zozobró con dos hombres a bordo. Lo mismo sucedió con el San Pol, del mismo Xampén, cargado de sal para Noia: lo metió debajo del agua hasta la escotilla mayor, partiéndole la arboladura. A un cachemarín asturiano que estaba cargado de fruto le tronzó el palo mayor y le llevó la vela y otros enseres, entre ellos el chaquetón que tenía puesto del capitán. El almacén de Castro lo echó abajo y en el pinar de Riveras, el das Campas, despedazó más de mil pinos...

 

Un siglo de epidemias

Sin embargo, no fueron solamente los desastres naturales la exclusiva preocupación de los moradores del Corcubión del XIX. También fue un siglo de epidemias. En 1841 apareció la fiebre pútrida. De seguido, en 1844 apareció la viruela, aunque la crisis de subsistencia más importante fue la que se produjo en el período 1854-55, provocando una gran inquietud popular y mucha miseria, llegando a Corcubión primero la cólera morbo, que causó una gran mortaldad, y luego la tos ferina o el coquelache. Otra vez, pero en 1858, volvió a abatirse la desventura sobre estas tierras, concretamente sobre Cee, al reproducirse la viruela, provocando las malas cosechas la desnutrición de la población y su debilidad. Y otra vez la viruela en 1868.

Sin tiempo para reponerse de todas estas desgracias, llegó otro desastre natural a Corcubión. La noche del 22 de noviembre de 1869 un rayo dañó de nuevo la torre de la iglesia que había sido restaurada unos pocos años antes gracias a una cuestación pública, un crédito solicitado por el Ayuntamiento y un donativo del Arzobispado conseguido por el párroco Antonio Esteban Andrade y Abente. Dos días después de este segundo accidente, el Concello acordó demoler las ruinas que amenazaban desplomarse y apuntalar lo que quedaba en pie en espera de reconstruirla.

La década del 1880 fue una de las más nefastas de la historia de Corcubión. En este último año la viruela arrasó la comarca, dejando en la villa casi 20 muertos, asolándola también la cólera a partir de 1884. Y el año siguiente fue de muy malas cosechas y poca pesca, provocando una masiva emigración hacia América, aunque antes se produjo la última y definitiva agresión por parte de las fuerzas de la naturaleza a la torre de la iglesia.

A las 11 horas del día de San José, en marzo de 1885 -se cumplen hoy, por tanto, 130 años-, un rayo impactó con la parte superior de la torre derrumbándola junto con parte de la fachada y el techo, incendiándose la tribuna y quemando a varias personas. Sin duda, fue este el episodio más conocido y que provocó la definitiva destrucción de torre y fachada, lo que supuso un cambio total en la fisonomía del conjunto del monumento. Aconteció cuando el sacerdote celebraba la misa y estaba diciendo «...su Divina Majestad expuesta a los fieles...», momento en el que arreció una tempestad declarada un poco antes. Justo cuando se entonaba el «Gloria», un rayo alcanzó la parte superior de la torre -que no disponía de pararrayos-, desmoronándose con parte de la fachada y el techo.

Las consecuencias fueron las más sangrientas de todos los desastres en la iglesia de Corcubión. Según un informe del Concello, el templo estaba abarrotado de fieles, presentándose en auxilio de las víctimas los dos médicos municipales, Antonio Porrúa y Marcial Recamán; los jueces de primera instancia y municipal; y las fuerzas de Carabineros y Guardia Civil. Ayudados por otros vecinos, sacaron a los heridos y organizaron la salida de la multitud.

Otro testimonio no puede ser más sobrecogedor, a la vez que muestra el valor humanitario: «El alférez D. Juan Zamarreño prestó servicios especialísimos y de un valor reconocido, no obstante de ser arrojado al suelo por la electricidad, como todos los que estaban en la iglesia, y recibir dos heridas en la cabeza, ocasionadas por los desprendimientos del techo y en una pierna por la electricidad; auxilió a los de más peligro que ya solos restaban en la tribuna, entre ellos a D. Francisco Porrúa y D. Pedro Rey, quienes caídos ardían incendiados por la electricidad y los salvó apagándoles la llama con la capa, y sacándoles la parte de la ropa quemada hasta ponerles a salvo aunque gravemente heridos; el mismo alférez con el sacerdote D. José Seoane sacaron debajo de los escombros a otro herido que no podía moverse...». La catástrofe se saldó con tres vidas humanas -un niño, Andrés Ferrío, y dos adultos Víctor Montero y José Otero-, que fallecieron en el acto, contabilizándose casi 60 heridos: «...lesionados más o menos en las espaldas, miembros toraccios (sic), aldominales (sic) y el vientre, con ligeras excepciones...», [dijo en la prensa coruñesa Marcial Recamán], vecinos de la localidad y de las aldeas inmediatas, varios de extrema gravedad, aunque se salvaron.

Los daños materiales fueron de elevada consideración, constatando la práctica desaparición de la torre, la destrucción de buena parte de la fachada, la pared meridional inutilizada, lo mismo que la del lado del altar mayor, desplomándose el primer tramo del conjunto del templo y los cristales y las dos campanas hechas añicos. Ante la gravedad del suceso se reunió ese mismo día en sesión extraordinaria la corporación municipal, acordando tomar las primeras medidas, auxiliando a los heridos pobres, que eran la mayoría, sufragándoles los medicamentos necesarios y dotándolos de alguna ayuda económica.

El día de San José de 1885, un rayo impactó con la parte superior de la torre