Idoia, la primera capitán

 

 

 

 

 EL CORREO

JON URIARTE

Lunes, 29 abril 2019, 07:53

Desconozco si prefiere capitán o capitana. Da igual. Ser pionera en la mar le otorga tal estatus que trasciende al lenguaje políticamente correcto. Hablamos, lo siento Idoia, de la primera capitán con mando de la Marina Mercante. «No lo pongas», insiste. Imposible evitarlo. Sobre todo tras hablar con expertos que lo confirman. Como el capitán y doctor ingeniero naval y oceánico Raúl Villa Caro. Hace poco coincidí con este paisano de Abando, residente en Galicia y contaba que hasta los años 60 existió la superstición de que una mujer a bordo traía mala suerte.

La legislación tampoco ayudaba. Hasta que llega la Constitución de 1978. Un año después las mujeres pueden matricularse en carreras de las Escuelas Superiores de la Marina Civil. En 1984 aparece la primera Oficial de la Marina Mercante. La asturiana María Ángeles Rodríguez. Tras ella la primera capitán, canaria, de nombre Mercedes Marrero. Y, aquí está la clave, la primera capitán con mando, Idoia Ibáñez Ozores. Buques por debajo de determinado tonelaje y potencia pudieron haber sido capitaneados antes por mujeres, con el título de piloto de primera en la naviera Iscomar. Pero Idoia fue la primera en mandar un gran buque. Corría el año 1994.

«Nací en la maternidad de Begoña. Era la ilusión de mi padre», desvela Idoia e imaginamos a Eusebio mirando feliz a Carmen, tras ser padres por vez primera. Él, de Bilbao de toda la vida; ella, una burgalesa que llegó a los 14 años para renacer aquí y crear una familia. Se mudaron a Barakaldo tras dejar San Ignacio. «Estudié en el colegio Montecabras, ahora Mukusuluba», añade. Pero volvieron a hacer maletas. «Mi padre trabajaba en Bilbaína de Montajes y cambiábamos mucho de residencia», rememora, y al hacerlo nos lleva a Candás, Asturias. «Conocí a muchos marinos, el mejor amigo de mi padre era capitán y, pese a ser un mundo duro, me empezó a interesar». Confiesa así su sorprendente inquietud.

Recordemos que, en aquellos tiempos, era una profesión aún más severa y solitaria. Al llegar a puerto se buscaba desesperadamente una cabina para llamar a casa. Pero Idoia se enamoró de la mar y entró en la Escuela Náutica de Portugalete en 1980, la segunda promoción con mujeres. Tan solo tres, de 125 alumnos. Y según pasaban los cursos, la cuota femenina descendía. Lo que nos lleva a su primera vez. No le impactó tanto su estreno de capitana como el día en que le dejaron sola al mando de un barco. «Salíamos de la bahía de Algeciras destino Italia y el capitán me dijo que me quedara al cargo». Fue su bautismo en ese océano que llaman máxima responsabilidad. Aunque, como siempre, le quita importancia. Subraya que era un petrolero, «pero de 'solo' 45.000 toneladas». En cambio sí reconoce lo complicado que resultaban puertos como el de Argelia.

Pero dejemos las escalas y volvamos a su barco. 210 metros de eslora. Conocía cada rincón. Y los de aquellos que mandó después. Lugares en los que pintaba al óleo en su ratos libres, sacaba fotografías al horizonte y recorría con sus ojos el cielo estrellado. El mismo que buscaba al arribar a casa. Breves estancias en las que le entregaban los suplementos de EL CORREO que le guardaban para ponerse al día y las grabaciones de programas de televisión. Fragmentos de tierra firme que parecían tan lejanos sobre las olas. Pero si lo dejó, no fue por eso, sino por hacer algo nuevo. Tras 17 años surcando las aguas tuvo varios trabajos en tierra, incluido el de capitana de gabarra en Barcelona.

Ahora está en Repsol como inspector de 'vetting', comprobando que sus barcos cumplen normas de seguridad y medio ambiente, más allá de lo obligado. Lo dice casi con el mismo orgullo con el que proclama que su madre, que trabajó en el bar Sola de San Ignacio, era la mejor cocinera del mundo. Ya no está. Ni su padre. Tampoco Cristina, su llorada hermana. Pero queda la casa. La que pidió quedarse en propiedad para sentir que siempre tendrá un muelle donde atar un cabo. Idoia sabe que, pase lo que pase, el último y definitivo puerto siempre será su vieja tierra y su amado hogar