El primer gran explorador vasco: Francisco de Garay

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por Goyo Bañales.

Español y Euskera

 

Francisco de Garay (Sopuerta, 1475 aprox. – México, 1523) llegó a América en el año 1493, en el segundo viaje de Cristóbal Colón, posiblemente a bordo de la nao capitana de la armada, pues fue uno de los pajes que sirvieron al Almirante. En consecuencia, formó parte de la primera generación de personas que de forma continuada se estableció en aquellas tierras, llegando a destacar en los textos de los cronistas junto a un escogido grupo de compañeros de viaje, como Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa, Diego Velázquez o Juan Ponce de León. Incomprensiblemente, Francisco de Garay, quien en su tiempo sobresalió claramente sobre casi todos ellos, es hoy día, salvo para los investigadores especializados, un personaje prácticamente desconocido y se encuentra relegado por la historiografía moderna a un segundo plano entre los conquistadores de Indias. Esta situación resulta aún más desconcertante si consideramos que el recuerdo de Garay se ha preservado más en América del Norte, en Centroamérica y en el Caribe, donde aún subsisten referencias que mantienen viva la memoria de su paso por aquellas tierras, que en su país natal, donde nunca, o muy rara vez, se ha reparado en él y se ha olvidado por completo su origen en un pequeño rincón del País Vasco. No existe crónica de los primeros años del Descubrimiento que no contenga alguna mención a Francisco de Garay, ya sea en su faceta de gobernante, de explorador, de militar o de hacendado, incidiendo siempre en su participación en dos hechos cruciales en la historia de América: la exploración del Seno Mexicano, y el enfrentamiento y guerra que sostuvo con Hernán Cortés. Fácilmente hubiera podido inmortalizarse si el nombre de “Tierra de Garay”, con el que fue bautizado el inmenso territorio cuya gobernación le fue concedida por los Reyes Católicos, hubiese perdurado, animando así a más de un investigador a profundizar en el conocimiento de la persona a quien se debía aquella denominación. Sin embargo, una serie de infortunios relegaron a Garay a un rincón secundario de la historia, posición que no debiera ocupar porque, analizándolo objetivamente, merece ser uno de los principales protagonistas, pues como tal participó en los acontecimientos más destacables que en su tiempo tuvieron lugar en América. No es descartable, en primera instancia, que el silencio que se cernió sobre Garay fuera interesado, no en vano su muerte y los acontecimientos que se vivieron en los días previos a esta -que causaron gran conmoción no solo en España sino en todas las cortes europeastuvieron como uno de sus principales protagonistas a Hernán Cortés, el futuro marqués del Valle, a quien se denunció públicamente de envenenar a Garay y de enviar contra él a sus aliados indios para que le hiciesen la guerra. Estos hechos, y otras acusaciones semejantes, jamás se esclarecieron totalmente, y el propio Cortés se encargó de tergiversarlos mediante las crónicas escritas por él mismo o por sus panegiristas, en tanto que los partidarios de Garay, aunque fueron muchos y muy poderosos, hubieron de callar ante el indisimulado desentendimiento de la monarquía y la pasividad de la justicia, que lejos de castigar a su protagonista prefi rieron premiarle, admitiendo sin ambages la rotunda victoria que Cortés y los suyos alcanzaron en sus propósitos de conquista y enriquecimiento, de los que la corona fue una de las mayores benefi ciadas1 . En cualquier caso, más preocupante que aquel sospechoso silencio que se extendió sobre todo lo concerniente a Garay tras su muerte, fue el hecho de que, siendo un personaje cuyo protagonismo las crónicas no pueden eludir, su papel en los acontecimientos se nos presente, salvo contadas excepciones, sutilmente modifi cado, intentando alterar la realidad de la situación que le condujo a él a una muerte inesperada y al ejército que mandaba a sufrir una atroz carnicería a manos de los indios. En este sentido, resulta asombroso leer las declaraciones que realizaron testigos presenciales de los episodios que tuvieron a Garay como protagonista y comparar lo que estos dijeron con lo que escribieron Herrera, Gómara, Díaz del Castillo, y otros cronistas que les copiaron posteriormente, pues las versiones de unos y otros son totalmente contradictorias. Se trata de crónicas que ante acontecimientos que no podían ocultar optaron por desfi gurarlos, puesto que si en su momento ciertas actuaciones hubiesen sido más diligentemente juzgadas, fácilmente hubiesen podido llevar a Hernán Cortés ante la espada del verdugo. En consecuencia, ese papel secundario y torpe que se asignó a Garay -esperpéntico en algunos pasajes de Díaz del Castillo-, seguramente no invita a profundizar demasiado en su protagonismo en Indias y, por tanto, le aleja de las preferencias de los historiadores. Pero, si por un momento obviamos estas referencias y acudimos a las de otros coetáneos, como Pedro Mártir de Anglería o Bartolomé de Las Casas, y consultamos las fuentes originales, los documentos y las declaraciones de testigos, podremos asistir a un Garay diferente, comprobar su verdadera dimensión y el alcance de sus hazañas y, entonces, comprenderemos lo injusto que resulta omitir su protagonismo como se ha hecho en las más recientes revisiones de la historiografía de América.

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