El Benidorm que nunca existió

 

 

 

 

Matías Pérez Such 10.12.2017 | 23:42 Información

A la historia naval de Benidorm en el último tercio del siglo XVIII, todo el XIX y la primera mitad del XX, es tan apasionante como desconocida para las actuales generaciones, especialmente fuera del seno de las familias que la protagonizaron.

Muy poco se ha investigado sobre la historia de los marinos de Benidorm, con alguna excepción, como es el trabajo del periodista y escritor Carlos Llorca Baus, que dedicó varias de sus obras al tema, entre ellas la «Historia marinera de Benidorm», en la que realizó un esfuerzo verdaderamente encomiable y que vio frustrada la continuidad por su prematura desaparición. También encomiable es el trabajo que dedica a la recuperación de nuestra historia y tradiciones el ilustre médico benidormense Eusebi Chiner i Vives, miembro de una de nuestras más destacadas familias de marinos.

Junto a ellos, gentes del pueblo (imposible citar a todos) que, apasionadas por nuestra historia, dedicaron parte de sus vidas a recuperar esa memoria histórica, como Miquel Llinares Barceló, un benidormí de pies a cabeza que atesoró documentos, biografías y episodios con los que más tarde otros dieron forma a libros de sumo interés.

Parece increíble que una pequeña población, que en estos siglos oscilaba entre los 2.000 y 3.000 habitantes, tuviera tanta relevancia en la historia naval española. Cientos de marinos de Benidorm destacaron en todos los ámbitos de la navegación. Se contabilizan en ese largo periodo hasta 150 capitanes de la Marina Mercante, y muchos más los que embarcados en grandes transatlánticos y mercantes, se desempeñaban como oficiales de puente, máquinas, radio, etc...

En los corsarios al servicio de la Corona Española, en la Marina velera y en la de vapor, siempre hubo capitanes y oficiales de Benidorm, respetados y admirados en el mundo entero.

Marinos de Benidorm predominaron también, y de forma absoluta, en el mayor arte de pesca, la almadraba. Hasta el punto de que en todas las que se llegaron a calar en el Mediterráneo, hasta sus compuertas atlánticas, hubo un capitán de Benidorm.

También destacaron como armadores y capitanes de naves corsarias. Benidorm, junto con Ibiza, fueron los dos pueblos de origen de los más fieros corsarios que surcaron los mares de la península y el mediterráneo.

De entre ellos, quizá el más intrépido fuera Juan Bautista Pérez, alias "El hijo del trueno", que ejerció durante más de treinta años el oficio de corso. Sus hazañas serían el guión perfecto de la más asombrosa película de aventuras.

Regalo suyo fueron las campanas de la Iglesia de San Jaime y Santa Ana de Benidorm, procedentes de los cañones fundidos de un buque inglés capturado por este temible Capitán en 1817.

Marina Mercante

En la Marina Mercante española, los capitanes y oficiales de Benidorm destacaron sobremanera. Fueron numerosos los pilotos y capitanes de esta ciudad al mando de buques veleros en las líneas americanas y filipinas. Posteriormente, su extraordinaria pericia hizo que las grandes compañías de vapor los reclamaran para mandar los trasatlánticos españoles.

Es imposible citar a todos los oriundos de Benidorm entre cientos de capitanes, pilotos, jefes de máquinas, radiotelegrafistas e innumerables carpinteros, electricistas, mayordomos y cualquier otro oficio que un buque de alto bordo puede albergar. Embarcados en las compañías «Pinillos», «Marqués de Campo», «Naviera Gallart», «Cía. Valenciana» o «Transmediterránea», entre otras, estaban al mando de los mejores barcos.

En la más importante compañía de pasaje de la historia de nuestro país, la Compañía Trasatlántica Española, gobernaron sus buques hasta 17 capitanes de Benidorm, siendo el primero de su escalafón el Capitán don Antonio María Vives, quién, una vez jubilado era llamado por la compañía del Marqués de Comillas, para mandar los viajes inaugurales de las nuevas líneas.

Hay páginas brillantes de la historia de Benidorm que yacen desperdigadas en archivos y cajones? Algunas (muchas) en la memoria de los descendientes de esos míticos marinos que hicieron de Benidorm uno de los pueblos más cosmopolitas del mundo.

Que fácil era en aquella época, no tan lejana, encontrarse con la estampa de un grupo de hombres, que fumando debajo de la sombra de un algarrobo, con la piel curtida por el sol, quizá con boina, conversaban sobre historias forjadas en singladuras en los mares de China, en el Atlántico, en el Pacífico, en el Índico, en el Caribe, en Sudamérica, en el estrecho de Malaca, en Nueva York, Buenos Aires, Río de Janeiro, Puerto Rico, Manila o en cualquier otro puerto del mundo.

Mil historias de naufragios, tempestades, guerras, piratas?

Benidorm fue un emporio en la mar cuando la navegación era la más estratégica actividad humana. Las potencias mundiales se medían por la envergadura y el poder de sus flotas, por su capacidad para mantener sus colonias y proteger el tráfico comercial.

Es responsabilidad de todos recuperar de forma sistemática esas páginas de nuestra historia, ya que corremos el riesgo (y estamos ya en ese camino) de que paulatinamente se vayan difuminando, desdibujando, y que al final acabemos creyendo en ese triste tópico, a veces contado desde la ignorancia y otras desde el desdén, de que Benidorm fue antaño un pueblecito de pescadores, que jamás existió.

De toda esta larga historia de viajes por el mundo, estoy convencido que vino el nacimiento del turismo, pues no en vano muchos de los primeros hoteles de Benidorm fueron construidos por marinos benidormenses, que con los ojos abiertos en innumerables singladuras, fueron capaces de profetizar lo que hoy es Benidorm.

Hace ya diez años falleció Miquel Llinares. En palabras de Carlos Llorca era «la memoria viva de Benidorm». Con Miquel se fue una parte importante de esa historia que se nos escapa de entre las manos, como un puñado de la fina y dorada arena de nuestras playas. Sin memoria, ni las personas ni los pueblos somos nada.

Por ello, la Fundación Frax ha decidido convocar un premio de investigación naval de la provincia de Alicante, al objeto de premiar los trabajos que recuperen o amplíen el conocimiento sobre esa historia a punto de perderse. Y ese premio lleva el nombre de «Miquel Llinares Barceló», porque nos pareció de justicia agradecerle así su trabajo y la sapiencia que nos legó.