Marina Española. Cientos de años de militarismo borbónico.

 Barcelona, 30 de marzo de 1920

Marina Mercante

Mucho se ha escrito en España desde veinte años acá, acerca la Marina mercante, hasta el punto que nuestra bibliografía marítima es de las más voluminosas, y en ella encuentra el estudioso resueltos los magnos problemas económicos, políticos y sociales de nuestra patria. Pero no obstante el esfuerzo y cooperación individual que ello representa, continúa España en el mayor de lo atrasos en cuanto a la Marina se refiere. La tradición—la rutina, mejor diríamos—preside los destinos de los organismos directores y no hay medio de hacer vivir en la realidad cuanto a la misma se refiere, y es que la serie de intereses creados, que nadie se atreve a destruir, son más poderosos que la lógica de los modernos iconoclastas. La absoluta y total dependencia en que la Marina mercante vive respecto la militar, es causa, inconsciente tal vez, de ese atraso. Las anticuadas Ordenanzas de 1748 y 1802 continúan vigentes, dificultando la navegación. El sinnúmero de organismos que intervienen en la organización del negocio marítimo son una remora para una más rápida realización del mismo. Es totalmente vergonzoso para la clase náutica el verse sistemáticamente excluida o postergada de los organismos directores de la Marina mercante. La Dirección general de Navegación, que únicamente entiende en asuntos mercantes, está integrada por oficiales de la Armada con exclusión de todo otro personal ; las inspecciones radiotelegráficas en los puertos deben desempeñarlas oficiales de la armada; los peritos arqueadores de Puerto, con preferencia a otros concursantes, se otorga la plaza a oficiales de la armada; los reconocimientos de buques los efectúa una Comisión de la armada, y en todo lo que se refiere a la Marina mercante interviene, fiscaliza, dirige la Marina de guerra. Las Capitanías de Puerto deberían organizarse aquí como en Italia, completamente civiles, desempeñadas por hombres prácticos en el comercio marítimo, reservando a la autoridad militar aquellos puertos cuya defensa es de carácter estratégico. Claro que la situación actual de nuestra Marina es debida, como hemos indicado antes, a las antiguallas legales que aún continúan vigentes; ¿qué razón existe, por ejemplo, para que, en virtud de lo dispuesto en el artículo 67 del Tratado V, Título VII de las Ordenanzas de la Armada de 1793, el capitán de un buque tenga que presentar a la Comandancia de Marina, a su llegada a puerto, una lista del pasaje que conduce a bordo? Supongamos que el buque llega a Barcelona procedente de Cádiz o de Valencia. Si transporta pasaje hay que dar una relación del mismo a la autoridad "de Marina, pero si este pasaje llega a Barcelona por ferrocarril o por aeroplano, ¿por qué razón de equidad, no debería el jefe de tren o piloto, entregar una lista del pasaje al capitán general? Si la Marina mercante puede alguna vez convertirse en auxiliar poderosa de la de guerra— nuestras guerras coloniales lo atestiguan—es razonable entonces que ésta actúe de una manera directa sobre ella, pero que sistemáticamente esté supeditada a la misma no es razonable, como tampoco lo sería que la autoridad militar interviniese en la organización y funcionamiento de los distintos medios de transporte terrestre, por la posibilidad de tener que utilizarlos en alguna ocasión para la defensa nacional. El comercio marítimo actual es totalmente distinto del que se efectuaba en el siglo XVIII y aún en el pasado; la rapidez en la navegación, la perfección de las naves, la facilidad en la comunicación, son otros tantos elementos dignos de tenerse en cuenta en la moderna organización de la vida comercial. Sería ridículo que en los tiempos actuales existiesen ciudades amuralladas con prohibición de entrar y salir de las mismas en horas determinadas y con todas las dificultades que eran necesarias en siglos anteriores. El ferrocarril, la electricidad, la ciencia, en una palabra, se ha encargado de derruir las murallas ; pero esa ciencia, los adelantos de la vida, no han podido romper las estrechas mallas que oprimen la navegación mercante y nuestros buques continúan con la misma legislación que los antiguos veleros que después de un año de ausencia aparecían en nuestros horizontes. A todo ello añádase el gran número de organismos que intervienen en la navegación mercante y se verá cuán necesario es unificar en un solo centro directivo todo lo que a la misma se refiere, con facultades propias, no delegadas de otros centros, tal como en Italia y Francia se está organizando, que es ni más ni menos lo mismo que en distintos Congresos y Asambleas desde 1870 acá han proclamado nuestros navieros y hombres de negocio, así como los técnicos en cuestiones marítimas. La Marina mercante debe vivir hermanada con la de guerra, no supeditada a ella, y al frente de la misma, interviniendo su vida, dirigéndola, han de ponerse hombres civiles entre los cuales existen capacidades muy aprovechables para dirigirla.CO