Lo que Elcano se atrevió a pedir al emperador Carlos I

Papeles hallados en un archivo familiar de Gipuzkoa ahondan en la personalidad del primer hombre que circunnavegó el globo

BORJA HERMOS  El País

Doc.Elcano

Madrid 21 SEP 2017 - 17:14 CEST

 

Borja Aguinagalde director del Archivo Histórico de Euskadi, con el original de la única carta manuscrita de Elcano. JAVIER HERNÁNDEZ

Pocos vascos y pocos españoles tan universales como Juan Sebastián Elcano(Getaria, Gipuzkoa, 1476 - algún lugar del océano Pacífico, 1526) y, sin embargo, pocos vascos y españoles ilustres tan mal conocidos… hasta el hallazgo de los papeles de Laurgain. Un chico de buena familia —armadores y notarios de Guetaria—, un marino, un aventurero, un bragado, un mujeriego y un punto bribón, Elcano integra todas las contradicciones de un mundo de hidalguía, honor y pobreza, el del siglo XVI, donde el emperador Carlos I de España y V de Alemania ordenaba y mandaba a sus anchas.

Así que al hombre más poderoso del mundo debió de sorprenderle no poco la carta escrita por aquel vasco que acababa de llegar a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) en la nao Victoria en compañía de otros 17 maltrechos supervivientes tras dar la primera vuelta al mundo en un viaje de tres años. Habían zarpado de Sevilla en 1519. Magallanes, el capitán de la expedición original en busca de nuevas rutas comerciales, había caído muerto en combate en Filipinas. Elcano, su maestre, se encontró con una flota destrozada, la tripulación diezmada por el escorbuto y sin plan B. Decidió improvisar, en lo que a buen seguro supuso una de las decisiones empresariales más arriesgadas de la Historia: en vez de intentar volver por donde había venido, seguiría adelante, de Oriente hacia Occidente, y coronaría la primera vuelta al globo.

Corría el año del Señor de 1522 y el intrépido —también imprudente— héroe guipuzcoano se dirigía al rey para pedirle diversas mercedes como reconocimiento a su gesta. Aquella misiva —la única manuscrita que se conoce de Elcano— y otros siete documentos que reflejan la relación epistolar entre el emperador y su súbdito fueron hallados el año pasado por el director del Archivo Histórico de Euskadi, Borja Aguinagalde, en la casa-torre de Laurgain, en la localidad guipuzcoana de Aia, y se han dado a conocer recientemente. Carlos I devolvió la carta a su remitente con las respuestas a sus reclamaciones: ese es el motivo por el que acabó entre los papeles personales de Elcano, y no en el Archivo General de Indias de Sevilla, que es donde hubiese estado si la hubiera conservado con él el rey.

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“El archivo con los papeles de Elcano debió de llegar a Laurgain en un momento indeterminado después de un complejo proceso de legados, cambios de bienes y disputas legales. La casa-torre Laurgain de Aia es hoy propiedad de Anne-Marie Christophe Lardizabal y fue allí donde empezamos a digitalizar para ella los documentos del archivo cuando lo encontré: un legajo cuadrado y ancho que me llamó la atención", explica en su despacho de Bilbao, y con la carta entre las manos enguantadas, Borja Aguinagalde, quien reconoce que, en aquel momento, se puso “a sudar como un loco”.

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Grabado entorno a 1580 de la nave 'Victoria', que llegó a Sanlúcar, con los retratos de Magallanes (arriba a la izquierda) y Elcano (derecha). GETTY IMAGES

La carta manuscrita y los otros siete documentos hallados dan bastantes pistas sobre el personaje de Elcano y la vida que pudo llevar. “Elcano le pide bastantes cosas al rey Carlos I —que entonces tenía solo 22 años— y el rey, a través de su secretario Francisco de los Cobos, le contesta a casi todo que no, aunque le concede una renta anual de 500 ducados de oro de por vida, un dineral”, explica Aguinagalde. Una renta que nunca llegaría a percibir.

En una caja fuerte del Archivo Histórico de Euskadi, en Bilbao, descansan los papeles de Laurgain a la espera de ser expuestos al público en un lugar aún por decidir. Sobre la mesa de una fría sala del archivo, el papel amarillento y rugoso que sirve de soporte a las palabras escritas por Elcano a Carlos I habla de cinco siglos de historia de España. En ellas, el marino guetariarra no se corta en sus ambiciones y le pide al Rey lo siguiente: el hábito de caballero de la Orden de Santiago (el mismo que tenía Magallanes), la Capitanía Mayor de la Armada y un permiso para poder llevar armas, porque debía de haber alguien que no le quería bien. A todas sus peticiones, el secretario del rey responde, amablemente, con sendas negativas.

“¿¡¡Pero cómo se atreve a pedirle a Carlos I el hábito de la Orden de Santiago!!? Además, Elcano tutea a Carlos I, algo que resultaba impensable en aquella época. Y también hay errores en la escritura, ya que su lengua materna era el euskera”, comenta Aguinagalde, que explica así el descaro del navegante guipuzcoano: “Él se permite pedirle todas esas cosas al rey porque sabe que ha hecho una gesta; ha descubierto la existencia de una nueva ruta comercial y ha demostrado por primera vez que la tierra es redonda y circunnavegable”.

Hasta ahora, la figura de Juan Sebastián Elcano era conocida sobre todo por los documentos que precisamente alberga el Archivo General de Indias de Sevilla. Entre ellos, el testamento del marino, redactado pocos días antes de morir el 6 de agosto de 1526 en medio del Pacífico, durante la expedición a las Molucas comandada por García Jofre de Loaisa. Otra de las referencias más fiables sobre el personaje era, y sigue siendo, el libro de Fernández de Oviedo sobre la mencionada expedición.

“Prácticamente no disponemos de una documentación generada por él mismo que recoja sus actividades comerciales, sus asuntos familiares, las cuestiones sobre su hacienda… Los dos incendios de Getaria, en 1597 y 1836, agravan aún más esa carencia documental, y por eso son tan importantes los documentos de Laurgain”, explica en un bar de San Sebastián el historiador naval Xabier Alberdi, asesor de la fundación Mundubira 500, quien denuncia el relativo olvido al que la historiografía moderna ha condenado a aquellos grandes navegantes vascos: “La culpa la tenemos, entre otros, nosotros, los vascos. Aquellos marinos fueron personajes despreciados y vilipendiados, hemos tenido un montón de prejuicios y de miedos a la hora de juzgar a Elcano, a Oquendo, a Urdaneta… o a Blas de Lezo, del que se dijeron auténticas barbaridades”.

En su opinión, ha habido y quizás subsiste un factor importante en ese recelo social de los vascos para con sus aventureros del mar: “Ha habido como dos líneas ideológicas que nos han llevado a despreciarlos. Por un lado, una línea vinculada al nacionalismo vasco que, de alguna manera, los ha visto como traidores por estar al servicio de la corona española. Y otra, una línea política como progresista que ha llevado a despreciar a todos aquellos marinos porque en algún momento fueron bandera del franquismo y la extrema derecha, que los caricaturizó y los utilizó, ya sabes, ‘eran unos tíos con dos cojones que dieron la vida por España’ y cosas así”.

En un punto coinciden Xabier Alberdi y Borja Aguinagalde: si Juan Sebastián Elcano hubiera sido francés o estadounidense en lugar de natural de Getaria, se habrían hecho películas, series de televisión, libros y cómics sobre su figura. “Se trata de recuperar a un personaje importantísimo”, sostiene el director del Archivo Histórico de Euskadi, “por el que nunca ha habido mucho interés… ni en Euskadi ni en España”.