Pep Barbal, capitán de Greenpeace

 El periódico de Barcelona

jordi cortina

Pep Barbal, en la Facultat de Nàutica, el lunes.

TONI SUST / BARCELONA

MARTES, 17 DE ENERO DEL 2017 - 19:11 CET

Pep Barbal es un barcelonés a tiempo parcial. No nació en la ciudad y la abandonará cuando se jubile. Ahora vive en ella por periodos: tres meses en Barcelona, tres meses en el barco: es capitán del Rainbow Warrior, de Greenpeace. Todo ello le permite repasar lo que ha ido cambiando Barcelona desde que llegó, y las mutaciones que va encontrando cada vez que vuelve. Lo cuenta como un vídeo de las últimas décadas pasado a gran velocidad. En la primera imagen, suciedad, navajeros y parroquianos eternos de bar. En la última, una ciudad más eficiente y limpia. Si, sonará a tópico, pero la ve “menos auténtica”.

Barbal es un capitán de la marina mercante que no vio el mar hasta los 18 años y que no sabe nadar. Nació en 1964 en Astell, en la Vall Fosca (Pallars Jussà). Llegó a Barcelona en 1982 para estudiar el COU y luego Física. Se hizo profesor de instituto. “La ciudad era muy diferente. Muy interesante, no se parece en nada a lo de ahora. Para alguien que venía del pueblo era el paraíso”. Se instaló en Gràcia, con familiares.

“Era una ciudad más sucia, pero me gustaba más. El barrio chino era territorio comanche, como la Barceloneta. Ahora está lleno de ‘guiris’”. Barbal no compra, sin embargo, el discurso de que todo era mejor antes. “Ahora, Barcelona es mucho más eficiente: antes el metro era cutrillo.

Barbal cita lo que ya no ve en la ciudad: "Los navajeros y los lugareños que se pasaban 10 horas en el bar han desaparecido"

Todo estaba lleno de yonquis. Caían en redondo. De los que bajamos del pueblo, a la mitad los atracaron. Ara ya no pasa. Sí, roban en el metro. Los navajeros han desaparecido. Han muerto”.

Siendo profesor de instituto, estudió Náutica y empezó a hacer prácticas. Tras navegar en barcos de vela y en la marina mercante de transporte, hace 12 años que está en embarcaciones de Greenpeace, cinco de ellos como capitán. Eso le saca de Barcelona por tres meses y le devuelve por el mismo periodo. “No se notan grandes cambios, pero sí detalles. Ves que en tu barrio tres bares que estaban regentados por gallegos y ahora los llevan chinos. Y aquella tienda de toda la vida, una carnicería que llevaban dos viejos, es ahora una franquicia. Al revés no pasa”.

Barbal ha conocido la ciudad sin turistas y con ellos. Los llama siempre “guiris”. “Antes no los veías ni en el centro. Ahora, en todas partes. ¿Es bueno o malo? No sé qué decir. Viajo a muchos lugares y eso no es un fenómeno de Barcelona, lo ves en todas partes. En Corea te dicen: ‘Hay demasiado turismo’. Han inculcado al personal que tiene que hacer turismo”.

AQUEL LUGAREÑO OCIOSO

“Barcelona ya se parece a las ciudades del norte de Europa. Los bares eran sucios, ahora son de diseño. El camarero va impecable, te cobran tres veces más. No me interesa demasiado que el bar esté limpio. Antes en un bar de barrio te encontrabas a todos los colgados de la zona. ¿Dónde están? Han desaparecido. Aquel lugareño que no sabías a qué se dedicaba y que se pasaba 10 horas en el bar. Era lo más habitual. Había tres o cuatro por bar. Han desaparecido”, prosigue. Dice que en otros países siempre le dicen lo bonita que es Barcelona, pero no está muy convencido: “Es segura, es limpia. Pero maravillosa no la veo”.

¿Frenar el turismo? “Es una quimera, aunque me parece bien que intenten controlarlo. Pero tal como está el mundo, puede haber cambios y que un día la gente deje de venir”. Como marino, defiende una de las bestias negras del turismo, los cruceros: “Es fácil defenderlos. Gastan una barbaridad de combustible, pero llevan a mucha gente. Si esa gente llegara en autocar o en avión sería mucho peor”.

SALIR DEL PUEBLO, VOLVER

Barbal tiene claro que cuando se jubile regresará a Astell. “Me gusta Barcelona, pero me gusta más el pueblo”. Como él, hace unas décadas todos se fueron a la ciudad. Quizá ahora lo que toque es la tendencia contraria. “Ahora los pueblos están muy bien de servicios. Vas a los hospitales y no hay cola. En Barcelona la gente se mata por entrar en urgencias. Es un buen momento para ir a vivir a un pueblo