A LUIS RODRIGUEZ DOMÍNGUEZ

Confieso que he intentado en más de una ocasión dejar constancia  de mi reconocimiento y admiración hacia una de las personas que más ha hecho por la Marina Civil en el siglo XX, pero mi relato siempre terminaba por disiparse antes de llegar a buen término. Quizás siempre me pierda recordando lo mucho que se le debe y lo poco que se le ha reconocido, siendo yo mismo uno de los culpables.

Acabo de enterarme que el capitán D. Luis Rodríguez Domínguez ha fallecido hace escasos meses, por lo que ya no cabe más aplazamiento, aún a riesgo de defraudarle a él y a todos ustedes.  Muchos le habrán conocido porque fue catedrático de matemáticas y Director de la Escuela Náutica de Santa Cruz de Tenerife. Otros le recordarán como presidente de ANCEON (Asociación Nacional de Catedráticos de las Escuelas de Náutica). Habrá quien le recuerde por ser Secretario General del Partido socialista en Tenerife. Yo le recordaré siempre por ser una persona sería, íntegra, inteligente, comprometida, honrada, un hombre de palabra y riguroso; una persona de las que saben escuchar y cuando hablan saben siempre donde poner los acentos. Fue sin duda un personaje público ejemplar, pero para muchos políticos un pésimo ejemplo. Luis RodrÍguez nació en Oviedo. Su padre era militar, y por lo que se ve, persona fiel al Ejercito de la República, por lo que cuando Franco y los suyos dieron el golpe de Estado en 1936, se mantuvo al lado de la RepÚblica. Y ese gesto de fidelidad y de coherencia marcaría su vida y las de su familia. En alguna ocasión, Luís me hacía partícipe de cómo se sentía con 12 años vendiendo chucherías con un carrito callejero por las calles de Tenerife. Estaba ya muy avanzada la década de los setenta cuando me contaba las  desdichas de su infancia, y a pesar del tiempo transcurrido, aún se le soltaban las lágrimas. Su vida fue dura, muy dura, pero gracias a su tenacidad, y a su esfuerzo, pudo superar las injusticias, la marginación y la miseria de las que injustamente había sido objeto. Luís sería toda su vida un luchador, porque la vida le había puesto en la calle cuando tenía que estar estudiando en la escuela. Pero ese trato duro y despiadado había hecho de él una persona admirable. Cuando tuve el honor de conocerle, reconocí en él a una persona íntegra, sana, libre de odios y rencores, y siempre dispuesto a defender sus ideas respetando otras formas de pensamiento. Era amable y respetuoso con el prójimo, un caballero.

Siempre me he sentido muy orgullosos de su amistad, de su apoyo en momentos duros y difíciles en los que ambos luchábamos por dignificar la  Marina Civil.  Luis fue de gran ayuda para mí por la aportación de sus ideas, de su experiencia, de sus conocimientos del sector, por desvelarme los secretos que atenazaban la vida de las Escuelas,  por darme una visión ponderada  de  las interioridades de aquel antro fascista que gobernaba desde la Subsecretaría de la Marina Mercante el destino de los marinos civiles. Pasamos muchas horas hablando sobre aquellos temas, viajamos y conversamos dándole vueltas y mil vueltas a todos los problemas que nos afectaban como marinos: Luis tenía muy claro el camino a seguir, tenía muchos proyectos, pero entre ellos había una idea que le obsesionaba: la de integrar las Enseñanzas de Náutica en la Universidad. Había que salir del aquelarre de los Arrojo, los Díaz Uzgorri, etc. Había que librarse de la perniciosa tutela de la Armada, cuyos lazos con la Marina Civil pretendían ser tan estrechos que terminaron por ahogarla;  había que ventilar el interior de las Escuelas de Náutica, había que poner orden en la profesión, etc. Era necesario democratizar la vida marítima, acabar con la corrupción institucional y con aquellas comandancias militares de marina lastradas de un fascismo de cuaresma. Demasiadas cosas para tan poca gente y para un sector aislado, socialmente ignorado y en gran medida desprestigiado ante la opinión pública. También entre nosotros había núcleos resistentes, gentes reacias a que se recuperase el concepto de Marina Civil, a que se elevase el nivel de la carrera. Así pues, habría que convencer a los de dentro y a los de afuera.  Habría que sumar fuerzas.  Luís Rodríguez, con su generosa aportación, con su vida ejemplar, con su sacrificio en pro de los marinos, con su renuncia a los cargos cuando la política doblegaba a la razón, ha jugado un papel principal en todo el proceso de rescate y recuperación  del nivel académico superior de las Enseñanzas de Náutica. Por su labor debería ser reconocido públicamente como una de las personas que más ha hecho por la Marina Civil y los marinos civiles. Su recuerdo debería ser honrado como se merece. Por mi parte solo me queda pedir disculpas por mi retraso y enviar un afectuoso saludo a sus hijos, Pedro y Mariasu,  y dejar constancia de mi agradecimiento, respeto y cariño hacia un  amigo, un compañero y hombre honrado y ejemplar, cuyo título principal fue el de persona.

Hasta pronto amigo.

 José A. Madiedo Acosta

Presidente de AEMC

Ex Director General de la Marina Mercante

Fue encargado de la cátedra de Maniobras de la Escuela de Marina Civil de Gijón