El arte de la navegación en el siglo de oro

Ma ISABEL VICENTE MAROTO

INTRODUCCIÓN

A finales del siglo XV la navegación sufre una transformación profunda. Hasta entonces se había realizado una navegación costera, orientándose por la costa visible o cercana. La nueva «navegación de altura» o «navegación astronómica» se inicia en el Atlántico, por los portugueses, en el tercer cuarto del siglo XV, basada en la observación del sol y de la estrella polar. La nueva etapa fue posible gracias a la confluencia de la tradición marinera del Mediterráneo con la del Atlántico. Después del descubrimiento de América y de la navegación al Cabo de Buena Esperanza, el afán de los científicos y técnicos por perfeccionar la navegación se multiplicó, impulsados por el interés de los Estados marítimos de Europa, que veían en su comercio por mar la base más sólida de su engrandecimiento. Para la Corona española el dominio del mar era uno de los pilares para el mantenimiento de su poder y hegemonía, y una de las actividades más importantes fue por tanto la navegación. En el siglo XVI, las contribuciones de españoles y portugueses al desarrollo de la náutica fueron de suma importancia. Es conocida la afirmación del almirante Julio Guillén Tato «Europa aprendió a navegar en libros españoles». Pero en la centuria siguiente, la crisis afectó también a la navegación, e ingleses y holandeses fueron logrando la primacía sobre los ibéricos. Dentro del término «navegación» se enmarcan muchos aspectos. Tradicionalmente, ésta se ha dividido en maniobra del buque y en pilotaje, que cabría dividir, a su vez, en navegación costera y pilotaje de altura. Pero se podían incluir también materias tales como la hidrografía y la construcción naval. Nos centraremos en que en la época se entendía como «arte de navegar». El arte de navegar es aquella que enseña a los hombres cómo por la mar podrán guiar y enderezar el navío al propuesto puerto. Así comienza Juan Bautista Lavaña, cosmógrafo portugués al servicio de Felipe II su tratado sobre la materia, leído en la Academia Real de Matemáticas de la corte. El arte de navegar se desarrolló ante los problemas técnicos que planteaba la nueva navegación de altura. Porque los pilotos tenían que guiarse por el cielo, y para conocer la posición del navío debían saber determinar la altura del sol y de la estrella Polar mediante los instrumentos más comunes: astrolabio, cuadrante y ballestilla. Además, tenían que manejar la brújula; conocer bien la luna y las mareas; disponer de cartas de navega- 191 ción correctas, dibujadas por marinos experimentados. Y se precisaban buenos maestros, instrumentos y libros. El Arte de navegar, denominada genéricamente como náutica, es por tanto una de las más tempranas disciplinas «aplicadas» y uno de los primeros puentes que acabaron con la separación entre ciencia y técnica propia de la antigüedad clásica y del mundo medieval.

PILOTOS Y MAESTROS EN EL ARTE DE NAVEGAR

Para una navegación segura eran imprescindibles buenos pilotos que conociesen bien su oficio y buenos maestros que les instruyesen en el «arte». E instituciones que velasen por su formación. La diferencia entre el «oficio» y el «arte» de navegar aparece claramente marcada en un interesante Coloquio sobre las dos graduaciones diferentes que las cartas de yndias tienen, anónimo, en el que dos interlocutores, Fulgencio y Theodosio, discuten acerca de los yerros «que dicen que hay» en los instrumentos de navegación, especialmente en las dos graduaciones diferentes de las cartas de Indias: «En la navegación ay dos cosas que son arte y oficio; quanto al arte, que es saber llevar una nao de una parte a otra, para esto, como no ay por la mar caminos, requiérese tomarlos por el cielo, y así es necesario que se sepa el altura del sol y la del norte; entender el aguja; saber la cuenta de luna y mareas y otras cosas que el arte tiene y las reglas desto, y cómo se entienden no las puede ninguno saber por sí, y así conviene que tenga maestro que le enseñe. El oficio de la mar, que es tratar de las jarcias y aderezos de la nao, esto puede el hombre aprender por sí, con el uso dello». Su autor pudo ser Remando Colón, hijo del almirante descubridor de las Indias. En Sevilla, donde residió los últimos años de su vida, -después de haber viajado a las Indias con su padre y su hermano Diego, y con Carlos V a Italia, Flandes y Alemania-, reunió una magnífica librería, que donó a la catedral cuando murió en 1539. Por mandato real, celebró numerosas juntas de cosmógrafos y pilotos, para reformar y tratar de corregir los errores de las cartas náuticas, y realizó informes sobre la línea de demarcación, tratando de demostrar el derecho que la corona de Castilla debía tener sobre el Maluco (o islas Malucas).

La Casa de la Contratación de las Indias fue creada por los Reyes Católicos, en 1503, con el fin de controlar el tráfico y el comercio con América; en ella se instruían los pilotos. En 1508, la Reina Juana estableció el oficio de Piloto Mayor, cuya misión esencial era el examen de los pilotos de la carrera de Indias, de manera que no pudieran tener licencia de tales sin haber demostrado que poseían los suficientes conocimientos teóricos y prácticos, así como la verificación de la calidad de sus cartas e instrumentos; además, el piloto mayor debía dirigir la confección del Padrón Real, carta patrón; o modelo oficial a partir del cual debían elaborarse todos los mapas y cartas que utilizasen los pilotos y maestres de las naves, e inventario general de todas las tierras descubiertas, que debía ser constantemente actualizada. La revisión del Padrón Real durante todo el siglo XVI fue uno de los principales problemas técnicos, y una fuente de continuos enfrentamientos y litigios entre los cosmógrafos y los pilotos. La dificultad de precisar las coordenadas geográficas de los lugares reflejados en el Padrón, principalmente la longitud, obligó a recurrir para su confección y perfeccionamiento a los matemáticos y cosmógrafos de más prestigio. Entre 1508 y 1512 ocupó el cargo de piloto mayor Américo Vespucci, un italiano adiestrado en las navegaciones portuguesas. En 1523, para ayudar al piloto mayor, se creó el puesto de cosmógrafo y maestro de «hazer cartas e astrolavios e otros ingenios para la navegación», que ocupó el portugués Diego Ribeiro. El sueldo era bastante escaso, pero sus ingresos aumentaban notablemente con los beneficios obtenidos por la venta de dichos instrumentos y cartas a los aspirantes a pilotos, que tenían la obligación de presentarse con ellos al examen ante el piloto mayor para poder conseguir la licencia. En cambio, el piloto mayor no podía hacer ni vender instrumentos a los navegantes de la ciudad de Sevilla, aunque sí a los de otros lugares, ni enseñar a quienes fueran a examinarse, bajo pena de diez ducados; tampoco podía aceptar dávida alguna de quien pretendiese ser piloto; sí le estaba permitido fabricar y vender mapas, globos y otros instrumentos que no fueran a utilizarse para la navegación

 

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http://ruc.udc.es/dspace/bitstream/handle/2183/8979/CC72art5ocr.pdf;jsessionid=A03D438E83777033F8850C606B6727B9?sequence=1